En la escritura de ficción tendríamos tres planos: el de la redacción, el del estilo y el literario. Si en un texto falla la redacción, el lector no irá un palmo más allá; de modo que no tiene sentido que pongamos la atención en asuntos de estructura o de narrativa si en lo que tenemos que invertir el esfuerzo es en las comas y los acentos. Del mismo modo, si hay errores estilísticos de bulto el lector no podrá llegar a saborear el contenido de la historia, así que como escritores —si ese es nuestro problema en la actualidad— debemos poner la atención en alcanzar un estilo más natural y flexible antes de meternos en asuntos estructurales.

Si las cosas se hacen en su orden (primero superar los problemas de redacción, luego los estilísticos y luego los narrativos) el aprendizaje será mucho más rápido que si mezclamos los diferentes planos o si prestamos atención a cuestiones para las que aún no estamos preparados. Una redacción descuidada denota que aún no hemos tomado confianza con el lenguaje (que es nuestra herramienta; nuestra única herramienta, para ser más precisa). Un estilo artificioso, simplón, tópico o impersonal denota que aún no hemos alcanzado el grado de intimidad con el lenguaje como para bailar con él cualquier estilo musical —hasta un tango si es preciso— y, por tanto, no estamos preparados para dar importancia y relieve a lo que queremos expresar. Por último, una estructura caótica o una narración imperfecta denota que aún no tenemos suficiente maestría técnica para que lo que queremos expresar brille como el sol.

Isabel Cañelles

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