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Portada de Come together o como el silencio no es triste gracias a la música

El silencio no es triste

 

Autora: Mercedes Adán

Hace mucho que no escribo.

Me doy cuenta de que no escribo porque cuando escribo sale lo que hay. Y ahora, con un poco de esfuerzo puedo ignorar que estoy triste. La calle parece la de siempre, una moto, unas voces, otra moto con un sonido más sordo y apagado, golpes del vecino que hace gimnasia con pesas desde el confinamiento. Y esta aparente normalidad me parece un engaño. El vecino ha dejado las pesas y ahora está tocando una guitarra. Y de pronto se lanza a cantar. Conozco la canción. Es Come together de los Beattles. Me apetece mucho escucharla. La busco en el ordenador y la dejo que suene. Tal vez el vecino la oiga y se sorprenda. No lo sé. Me da un poco igual.

Decía que estoy triste y que no quiero reconocerlo. Ni pensar en por qué. Algunos días pienso que es porque llega el frío y el otoño. Otros porque me siento sola. Los más pienso que esta pandemia nos ha metido en una niebla de enfrentamiento, o más bien, hemos dejado que se instalara a nuestro alrededor, en el que será el momento de vida más complicado de mucha gente. No quiero saber porque estoy tan triste.

Hay una extraña sabiduría en no mirar más allá de lo que se ve.

Un día, después de una visita a mi madre en el hospital, nos hicimos una foto en la terraza de un bar. La mandamos al whatsapp familiar y mi madre respondió: “qué caras más tristes”. Nos habían dado un diagnóstico muy malo. Estoy segura de que ella en cierta forma también lo sabía. Pero ese comentario fue leve, ligero, el que certifica lo que ve, sin mirar más allá de lo que ve. Hay una extraña sabiduría en no mirar más allá de lo que se ve. En creer que no es necesario ese paso más grande, forzado, doloroso, desmembrador.

Así que estoy triste y ya. No creo necesario seguir, aunque haga el esfuerzo de ponerme a escribir y me de cuenta.

En ese sentir inmediato de la tristeza, que yo quería tener lejos con el truco de no escribir, me dejo estar, esponjosa, sin sujetar nada. Lloro un poco, canto un poco, hago gimnasia un poco, una tortilla con queso para cenar. No pienso en lo que tengo que hacer mañana. Escucho una moto, unas voces en la calle, un tubo de escape y el sonido de unas ruedas que llevan una velocidad uniforme hasta que se alejan y se dejan de oír. Mi vecino ya no canta. Los bares cierran pronto, dejan de pasar coches y motos, ya no hay voces. Aún no es media noche y la calle está en silencio. Y las teclas de mi ordenador me suenan tristes. Así que paro. En mi cabeza escucho sonar Come together de fondo. Y me esfuerzo en escuchar solo lo que hay, como si fuera un eco. El silencio no es triste. Es solo silencio. Así que lo escucho, sin querer escuchar más de lo que se oye.

Decidir lo que se debe nombrar y lo que se debe callar es todo un arte al servicio de los que quieren vivir en la realidad

Antes de irme a la cama ojeo internet, aunque estoy limitando el tiempo que dedico a esta especie de teatrillo. A veces, encuentro un poco de realidad verdadera. Una hija escribe sobre la muerte de su padre, para decir su nombre y despedirse.

Si te quedas un rato en silencio, sentir lo que hay no es muy difícil. Y decidir lo que se debe nombrar y lo que se debe callar es todo un arte al servicio de los que quieren vivir en la realidad.

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