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louboutin y el refranero

Louboutin o el recitar del refranero

Autora: Matilde Tricarico

Pisar una mierda trae suerte, eso dice mi madre

Mierda, había pisado una mierda y no se había dado cuenta. La alarma y su capacidad de miedo la habían sacado de la casa como un rayo y en la escalera había pisado caca, la caca del perro de los vecinos, que siempre venía a su puerta. Un día le daría un susto de muerte. ¿Y ahora qué? No tenía otros Lobutin de suela roja a juego con el vestido y se los había comprado para esta ocasión, el cumpleaños de su amiga Marta que se celebraba en una urbanización exclusiva de la Moraleja. Marta se lo merecía, un poco pija pero una gran amiga. Ella la había ayudado cuando Jorge la dejó.

Pasó la suela sobre el único escalón que había y un poco se quedó allí. Había pisado con todo el pie y era bastante voluminosa, con la prisa no se había dado cuenta. Miró alrededor, ni un palo caído de los árboles que la miraban amenazantes, ni una sencilla figura humana. No iba a estropear su coche y que se quedara el olor de la mierda, cogió una hoja del suelo y quitó un pegote, las manos se le habían puesto negras y olían a mierda. Si seguía así se iba a ensuciar toda.

Se acordó de su madre, que, en los momentos menos oportunos, saltaba con una sentencia: Pisar mierda trae suerte. Ella no la notaba por ningún lado. El bolso era tan pequeño que no cabían pañuelos de papel. Cogió el teléfono, qué asco, olería también. Un Cabify era la solución. Diez minutos, menos mal que la temperatura era agradable, se apoyó en la pared y esperó. Nada más llegar iría al cuarto de baño y todo se iba a solucionar.

Pasaron los diez minutos y miró la pantalla para ver el recorrido del coche. No pasaba nadie y casi tenía un poco de miedo. Secuestrada al salir de su casa, acuchillada y desangrándose hasta que un perro la encontró, eso contarían en la tele. Tiritaba a pesar de estar en junio. Miró otra vez la pantalla y el coche minúsculo, que parecía una hormiga, daba vueltas alrededor sin encontrar el punto de salida. Tuvo ganas de gritar: ¡¡Imbécil, estoy aquí, solo tienes que dar la vuelta!!. Respiró hondo, en vez de calmarse se aceleraba. De repente el sonido del teléfono:

—¿Señorita, está en la calle Miraflores 8? —Y dónde iba a estar pedazo de imbécil, pensó.

— Si, a su derecha, dese la vuelta y entre en la calle.

Por lo menos podía hablar con alguien que no fuera un atracador. Llegó un coche blanco precioso como el de las princesas y se calmó. Lo iba a llenar de mierda, pero no era su problema. “A la Moraleja, yo le indico” El conductor olía a tabaco, mejor, no tendría olfato.

 Al rato embocaron un callejón oscuro, se habían perdido.

—Pero hombre, si le he dicho torcer a la derecha. Calle Pan de azúcar, no. Calle Molino viejo, ¿y no ve el cartel que pone calle cerrada?

—Perdone usted, me he equivocado.

—Entonces ponga el navegador, que voy a llegar tarde.

Él manejó con su teléfono y por fin localizó su posición.

—Tengo que dar marcha atrás, este callejón es muy estrecho.

Los vecinos ricos ahorraban con las luces, no se veía nada. Se encomendó a Santa Rita y no abrió la boca, no quería ponerle nervioso durante la maniobra. Salieron de allí y empezaron a dar vueltas sin sentido. ¿Por qué no habría cogido un taxi? Son más maleducados, pero saben a dónde van. Al final volvería a su casa, si ese tonto era capaz de volver, ya no tenía ganas de baile, seguro que tendría la cara manchada de haberse tocado por los nervios. Lo hacía siempre.

El aire acondicionado le estaba helando el hombro derecho, afuera chalets metidos en el verde y algunas farolas. Desde luego, ella vivía en un adosado con vecinos a los lados, se sentía protegida, esto parecía un bosque con tres casitas.

La rama de un árbol chocando contra la ventanilla la asustó.

—Estamos cerca, tranquila —le dijo el hombre. —¿Quiere un botellín de agua?

Estuvo a punto de contestar: el agua te la bebes tú, subnormal, a esta hora tendría que estar bebiendo champagne.

Luego reflexionó que antes de entrar en la casa, el agua le vendría bien para limpiar los zapatos y dijo: —Sí, deme una.

La próxima casa estaría en el centro de la ciudad, para ir andando y no se dejaría invitar por nadie que viviese en el extrarradio.

—Mire, me parece que esta es la calle y el número se encuentra dos casas más allá.

Ella respiró aliviada y bebió un poco de agua.

—Madre mía, qué pedazo de villas y cuantos árboles. Su amiga tiene que ser muy rica.

—No le pago para opinar, y procure seguir recto, que está torciendo.

— No voy a pillar las piedras. Esto está en el culo del mundo.

Decidió callar, solo faltaban pocos minutos para llegar.

Cuando paró el motor y salió del coche para abrirle la puerta ella le dijo: Muchas gracias.

Él no le contestó. Subió, llegó al final de la rotonda y se dio la vuelta.

Qué maleducado, se habían perdido los modales.

La puerta estaba abierta y solo había un señor en la entrada, no se veía a nadie.

—La señorita Carolina, ¿verdad? La están esperando en el salón de enfrente.

—Disculpe, necesitaría ir a la toilette.

—En el piso de arriba a mano derecha, avisaré a la señorita de que ha llegado. Estaba preocupada.

—Espere, solo son 5 segundos. Por favor, tengo prisa, ¿no hay otro aquí abajo?

— Justo a la izquierda, es más pequeño y es el baño del servicio, señaló con la mano, cerca de la cocina. Ella corrió, cerró la puerta y cuando logró sentarse se quitó los Lobutin.

Encima le hacían daño. Se acordó de otro dicho de su madre: Para estar bella hay que sufrir.

Con el papel higiénico arrancó los dos últimos pegotes de los zapatos y los tiró a la cisterna. Luego con el agua del lavabo lavó la suela. Brillaba, por algo valían tanto dinero. Cuando se dio la vuelta y se miró en el espejo, tenía el rímel caído, se lavó la cara. Lo importante era que el vestido rojo estuviera intacto, le había costado un dineral en una boutique del centro. Aún estaba presentable, se dio la vuelta y justo en el centro del vestido se había quedado un pegote, habría sido al tirar el papel a la cisterna. No tengo que descorazonarme, pensó, al mal tiempo buena cara, otro dicho de su madre. Agarró el vestido y con el papel quitó la caca. Se veía la mancha. Frotaría con agua y jabón, mejor, allí había un bote de Fairy. Lo rascó con fuerza, aunque se viera un poco mojado no pasaba nada.

Descubrió un secador de pelo, lo enchufó y dirigió el calor sobre la tela. Esperó cinco minutos. El vestido se había desteñido justo en el centro. Se puso a llorar en silencio. Luego escuchó la voz de su amiga Marta en la cocina hablando de ella:

— La inútil de Carolina aún no ha venido, se habrá creído que es su fiesta, la imbécil. Venga vamos a bailar, que, aunque la mona se vista de seda  mona se queda.

Esperó un tiempo que se le hizo larguísimo y salió a escondidas con rabia y tristeza, por suerte no estaba ni el portero, se alejó para que no la vieran y marcó el número del Cabify. A los dos segundos apareció. Bajó el mismo conductor. Dios mío, el colmo de la desgracia. Él le sonrió, le abrió la puerta como si fuera una princesa. Cuando se sentó olió a ambientador, tenía puesta una música suave.

—La estaba esperando, no sé por qué tenía la sensación de que iba a salir pronto.

Al sonreírle descubrió una fila de dientes brillantes en los que antes no había reparado.

— Tuerce a la derecha, por favor, salgamos de aquí.

Y, mientras se alejaban, pensó: no hay mal que por bien no venga, mierda bonita.

 

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