No hay que caer en la tentación de ponerse muy científico a la hora de escribir. El logro tiene más que ver con ser honesto con uno mismo, desenvolverse dentro de las propias limitaciones y, a la vez, no dar mucha cancha al autoengaño.

A veces creemos estar dándolo todo de nosotros mismos (porque esfuerzo no nos falta; es más, a veces nos sobra, como cuando nadamos contracorriente), pero interiormente tenemos un desvío importante, y en realidad estamos escapándonos de la historia en lugar de enfrentarnos a ella y trabajarla. No es tan sencillo llegar a tener la sensibilidad suficiente para trabajar en la dirección y en el sentido adecuados, pero cuando llegamos a hacerlo, ya dan igual la norma y la teoría, las explicaciones o la tensión narrativa, el autor desaparece y se pone al total servicio de la historia, ES historia o un mero canal, un transmisor.

Se trata de propiciar ese estado en nosotros de conciencia abierta, y se propicia ese estado no queriéndolo alcanzar o «imitar», sino siendo cada vez más conscientes de lo que es y lo que no es literario en nuestra propia escritura, de cuándo nos estamos engañando y cuándo no.

Si la intención mientras escribimos está bien enfocada, y tenemos un mínimo de herramientas a nuestra disposición, lo más posible es que cuelen casi todas las técnicas que usemos. Sin embargo, cuando nos desviamos de esa intención (sea por pereza, ignorancia, excesiva ambición, por pudor o por miedo) se empiezan a producir contradicciones textuales que desconciertan al lector y lo alejan de la experiencia.

Cuando escribimos hay una continua tentación de escaparnos de lo que estamos escribiendo. A veces (muchas) escaparse supone ponerse muy abstracto para no tener que implicarse en acciones y detalles que uno siente que le comprometen o desnudan y, por tanto, se lava las manos y cuenta buena parte de la historia a vuelo de pájaro. Otras veces evadirse puede ser lo contrario, no saber incluir una reflexión, digresión o resumen pertinentes que acaben de dar profundidad a la acción concreta que se está narrando.

¿Las fronteras? No lo sé. Los escritores siempre nos movemos justo en las líneas fronterizas, en el filo de la navaja. No hay fórmulas mágicas. Hay que aceptar la confusión y el salto al vacío como parte del camino.

Isabel Cañelles

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