Creemos que escribir un relato es algo bien distinto de —por poner por caso— componer una pieza musical. Tenemos asumido que para ser músico hay que haber pasado lustros en el conservatorio, estudiar años de solfeo y practicar tres horas diarias en casa hasta tener ampollas en las manos y en el alma. Pensamos que al escribir uno tiene toda la libertad del mundo ante el papel en blanco y teclea bajo el amparo de la creatividad y las musas.

Pero no es así. El papel supuestamente en blanco tiene, en realidad, unas pautas estipuladas por todo lo escrito anteriormente —a su vez compuesto sobre papel pautado—. El formato y el género no salen de la nada, como tampoco lo hacen los enfoques ni el uso de las unidades narrativas. Hay una serie de normas que regulan el mecanismo interno del microcosmos que es cada relato. La herramienta (las palabras y los conceptos) de la escritura hace difícil sistematizar esas normas (a diferencia de la música, que se maneja con notas musicales, un lenguaje más matemático y preciso), por eso no hay un «conservatorio» de escritores donde se les condene a estudiar años de solfeo narrativo y, en ese sentido, somos autodidactas, elegimos los géneros que leemos, extraemos nuestras influencias casi sin darnos cuenta de ello. Pero eso no quiere decir que no debamos contemplar —a ser posible de una forma consciente, aunque no estrictamente racional— una serie de convenciones que en los talleres literarios tratamos de ir desgranando (a lo largo de los materiales teóricos y, luego, con cada texto concreto).

¿Dónde queda, entonces, la libertad? Pues, como en la música, la libertad, el talento y la ruptura con todo lo anterior se ejercen precisamente gracias a ese sólido andamiaje patentado por siglos de tradición e influencias, en el pequeño margen existente entre pauta y pauta. Inventaremos, así, un punto de vista excepcional para un tópico mil veces contado (y, de esa forma, romperemos con él; véase el Ulises, de Joyce); extraeremos de nuestro interior una voz personalísima que tiña de un color inusitado una historia, por lo demás, convencional; proyectaremos en el futuro las inquietudes del presente; usaremos el extrañamiento para que el lector dude hasta del mismo acto de estar leyendo; etc. Pero haremos esto cuidando meticulosamente que el texto se encuadre en un género, que nuestros personajes aparezcan claros e individualizados, que nuestro narrador cumpla sus funciones con precisión, que las escenas se hagan clarividentes y los hechos se encadenen con soltura, apoyados unos en otros. Y la maestría consistirá tanto en esa parte más artesanal (de obrero experto en elaborar cemento, en alzar muros de ladrillo, en colocar ventanas de climalit…) como en dar con algo imprevisto —artístico— que abra una grieta en el discurso, haga experimentar la vida de un modo renovado y conquiste al lector para siempre jamás.

 Isabel Cañelles

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