Cilia llevaba más de diez minutos mirándonos desde su mesa, mientras nosotros jugábamos a las películas en uno de esos bares estupendísimos de Madrid que tratan de hibridar dos disciplinas (en este caso, tempura y allegados con seis mil películas en alquiler). Nos sonreía, atenta a quien sostuviera la carátula de una película y a sus respuestas binarias para los que debían adivinar el título, pero en la distancia aún no era posible distinguir sus dos dientes podridos por la metanfetamina. Es muy probable que Cilia no fuese el nombre real de Cilia, pero así se presentó cuando la invitamos a unirse. Sus pasos eran cortos y venían marcados por los ciento cincuenta centímetros (quizás menos) de aquel cuerpo que era lo único adolescente que quedaba en ella. De su pecho salía un fragmento de uno de esos tatuajes tribales tan populares en los noventa, una década que debió de llegar más tarde para ella. Su juventud era incoherente, casi una paradoja que contrastaba entre su lenguaje como la tinta vegetal sobre la palidez de aquella piel. Cilia seseaba con un acento andaluz deformado que no terminaba de encajar en la musicalidad gaditana de sus frases y, a pesar de que era fácil saber que no había nacido en el sur, no supimos que era francesa hasta que ella nos lo dijo.

Sonreía demasiado como para ser feliz. Lo cierto es que ya había comenzado a jugar con nosotros antes de sentarse a nuestra mesa, así que no le costó demasiado incorporar sus preguntas. Pero ella seguía, también para el sondeo en busca del nombre, otro camino diferente. El año (¿anterior a 1999?), el género (¿comedia, drama?), la industria o denominaciones de la crítica (¿Hollywood, nouvelle vague?) eran los filtros habituales que aplicábamos para delimitar el universo de posibilidades. Cilia añadió enseguida un criterio que para ella facilitaba, por encima de todos los demás, una discriminación definitiva. «¿Salen caballos?». Y cada vez que hacía esa pregunta se reía de una forma aparatosa, como si supiera que nuestra reacción iba a ser exactamente esa. Cuando alguien adivinaba el título, Cilia callaba si descubría que no, que en Trois Couleurs: Bleu Juliette Binoche no montaba ningún caballo andaluz. Después, despreciaba con desdén la extravagancia de un apellido como Kieślowski y miraba a las estanterías para que escogiéramos otra película sobre la que soltar su pesquisa ecuestre.

No le importaba adivinar el nombre de algo que en casi todos los casos era desconocido para ella. Solo quería provocar otra pregunta de nuestro lado. «¿Por qué caballos?». Y entonces sí: Cilia habló como si le hubiéramos insistido durante una hora, y nos dijo que había empezado a trabajar con caballos en el suroeste de Francia. Debía de ser una cría cuando ya limpiaba mierda y movía sacos de heno en la yeguada. No solo ayudaba en la higiene y alimentación de los animales. Cilia se estaba formando para ser mamporrera o, como ella nunca lo hubiera dicho, asistente de fecundación equina. Era un trabajo bien pagado y a ella le encantaban los caballos. Pero algo salió mal demasiado pronto.

En una de las tristes montas simuladas en las que ayudaba a que los siete golpes eyaculatorios terminasen dentro de la vagina artificial, la combinación de un mal emplazamiento (demasiado cerca del maniquí) con su escasa estatura (que enfrentaba su cara al pene del animal encaramado en la hembra ficticia) hizo que un descuido al manipular el miembro terminase con el disparo de esperma en la boca, los ojos y el pelo de Cilia. El golpe la hizo retroceder. Su cara, convertida en diana para el semen equino, fue la reivindicación orgánica involuntaria dentro de toda aquella pantomima en la que un banco elevado se hacía pasar por una yegua y el agua caliente que recorría el cilindro de látex estimulaba, en un ejercicio onanista inconsciente, la libido del caballo.

«Se corrió en mi cara. Me dio una buena hostia en la frente y casi me tira». Cilia lo contaba a carcajadas. Cada grito, cada detalle escatológico sobre la textura pegajosa del fluido y los rincones de su cuerpo a los que había llegado era una pista que llevaba a pensar que aquel accidente era poco más que una anécdota comparado con todo lo que Cilia no decía. Su risa excesiva dejaba al descubierto los premolares negros, que contaban una historia paralela de descomposición y ruina. Ese relato, el del esmalte muerto y las piezas cariadas, parecía haber sucedido después del temprano fracaso de Cilia como aprendiz de mamporrera. Era, por naturaleza, posterior al encuentro de Cilia, empapada de esperma, con su madre. Posterior, no hay duda, a las visitas a esa psicóloga que Cilia mencionó pero que ninguno asociamos a la eyaculación fallida (en esas consultas la polla del semental sería, como mucho, una pausa para hablar de otra cosa). Aquellas cicatrices pertenecían a un tiempo en el que la madre de Cilia ya no formaba parte de la historia. Pero la desaparición de cualquier referencia a su progenitora era diferente a la que obliga una muerte. Su nombre no había sido borrado: aparecía tachado por todas partes y, aunque ya era imposible distinguir ninguna letra, nadie podía negar que seguía bajo todos esos garabatos histéricos.

La siguiente pregunta, quizás por propiciar un salto en toda esa cronología, era evidente: «¿de dónde te viene ese acento andaluz?». Después del desencuentro seminal (un después indeterminado, confuso y de dimensión tan desconocida como sus razones), Cilia se mudó a Jerez de la Frontera para trabajar en un centro ecuestre (ella dijo picadero). Puede que fuera allí donde se puso ese piercing por encima del labio que ya nadie confunde con un lunar. Quizás también fue en Jerez donde la línea del maquillaje de sus ojos se ensanchó y sus pestañas empezaron a ser tan postizas como el maniquí de las montas simuladas. Por algún motivo allí lo pasó bien. No era difícil imaginar a Cilia paseando su licra fucsia entre polos de concurso y fustas de doma mientras escribía en su teléfono para confirmar el plan nocturno. En el aparcamiento de cualquier almacén reconvertido en discoteca, el cristal inhalado abría un camino propio que, ya dentro del local, las luces led y el vodka allanaban. No había poesía dentro de todo eso. Nunca la hay. Solo era Cilia buscando a tientas un sitio donde sentirse mejor, una forma de traducir sus ganas de llorar a otra lengua en la que pudieran pronunciarse igual que me descojono o fóllame o de puta madre o más fuerte o cariño.

Otra escena omitida la trajo, en su relato, hasta Madrid. Llevaba mes y medio en la ciudad y vivía, desde hacía una semana, con una chica rubia que trabajaba de camarera en el bar en el que nos habíamos encontrado. «Es mi amor, la quiero», y Cilia sonreía al verla alejarse de nuestra mesa, con la bandeja vacía. No había nada de exagerado en esa frase. Aquella chica era su amor o, mejor dicho, el lugar que Cilia, sin pensarlo demasiado, había elegido para dejar ese amor que llevaba encima y con el que nunca supo demasiado bien qué hacer. Y para eso una semana era más que suficiente. Un gesto cariñoso, un beso de cualquier tipo o una mano sujetando la frente ante el reflejo de la náusea: cualquier cosa servía para multiplicar la risa de Cilia, como también sirvió nuestra invitación para que nos contara tan poco y callara tanto.

Pagamos la cuenta y salimos. Cilia iba a esperar a su amiga en la puerta mientras fumaba. «No le digáis a ella lo de la corrida del caballo en mi cara; todavía no lo sabe y se puede asustar. Mi amor…». Otro camarero salió del local para recordarle que su primera consumición, la que tenía antes de que viniera a nuestra mesa, no estaba pagada. «Pues lo coges de lo que sobra de su cuenta». Cilia sugirió que nuestra propina saldara la deuda abierta por su copa. «Esto no funciona así», dijo el camarero, como si no fuera la primera vez que se lo explicaba. La chica rubia, el amor (todo él) de Cilia, salió a la calle y se interesó por la discusión. Cuando el camarero ya se había retirado, nos miró a todos y se detuvo en los ojos atentos de Cilia para decirle: «es un gilipollas». Ella sonrió, porque el insulto las ponía del mismo lado y funcionaba, durante el tiempo suspendido de esa frase, como paliativo para el gusto amargo de saberse sola.

Solo han pasado ocho meses, así que lo normal sería pensar que Cilia sigue por Madrid, sentada en ese bar y rodeada de películas y copas caras mientras espera a que su amiga rubia acabe el turno. Pero ocho meses suponen un plazo demasiado largo para ella. Son muchos días, uno tras otro, en los cuales es mejor no quedarse quieto para evitar que el tiempo se te enrede en los pies. Siempre es preferible la premura en las diligencias, actuar rápido y pasar a otra cosa. Cilia lo sabe: hay que buscar una operación ágil y breve hecha de movimientos prácticos, no vaya a ser que el caballo descubra que eso sobre lo que se está montando no es una yegua sino un soporte forrado en cuero, que el conducto por el que se extienden los noventa centímetros de su erección es una vaina de plástico y entonces rehúse, se deje caer hacia el costado izquierdo y el semen termine desparramado en una cara que, como todas las caras de quienes están muertos, luce una sonrisa de boca abierta y carcajada.

 

Jesús Barrio

Autor de “Lo que no está”