Castañas cocidas, canela, algo de pimienta y el consomé de pavo. Todos ellos olores de infancia, de cocina enorme y cálida, de Nochebuena. La de hoy es mi noche estelar, la inauguración del Espantapájaros vestido de gala que, bien sentado en su sitio, en la silla de respaldo alto y recto a la derecha del padre, mi genial creación (no, no me refiero a mi padre), será mi perfecto avatar tras su máscara blanca. Esta genial idea me va a permitir asegurarme la cena y la paz, refugiada en el pequeño mundo de debajo de la mesa.

Soy glotona y el aroma que impregna la casa junto a mi vena de artista, me impulsa a poner la mesa con mimo, pendiente de cada detalle; suele ser mi tarea de todos los años porque me viene bien controlarlo yo sola si quiero tener una feliz Nochebuena.

Mantel de hilo blanco, almidonado, crujiente, cubriendo la mesa hasta reposar dulcemente en el suelo; servilletas, también blancas, de perfecto planchado junto a los platos de cerámica checa orlados de oro; al frente, tres copas de cristal de Bohemia y algo escorado a la izquierda, el plato de pan, cuya plata refleja destellos que provienen de las mil y una velas, aquí y allá dispersas, cortejando enormes bandejas: la del pavo relleno, las de la morada lombarda y tostada manzana, los cuencos dispersos de patatas doradas, orejones naranjas y muchos más, repletos todos ellos de salsas diversas.

Puede que no lo entendáis, así que voy a aclarar que mi familia, muy al contrario que yo, es bastante guerrera y no le gusta lo negro, nada de negro, a no ser que sea el charol de algún zapato de fiesta o la pluma con la que a veces escribe mi padre notas, no más de seis o siete palabras. El destino y algún gen perdido en el tiempo permitió que yo naciese negra, muy negra y, como su religión les prohíbe tirarme, crecí tras una máscara que ocultase el maldito color, aunque ahora casi nunca la llevo porque conseguí emanciparme, solo cuando llegan estas fechas navideñas y viajo hasta la casa paterna, me vuelvo a instalar cómodamente tras ella. Tengo miles de ellas, de colores, blancas, con brillos venecianos, pero eso sí, ninguna negra. Ese pequeño detalle y la imaginación creativa usada día tras día, me ha permitido este año crear mi avatar que, tras una de mis muchas caretas, justo después de poner la mesa, siento en su silla antes de avisar con un grito a los demás: “la mesa está lista”. No hay problema de conversaciones ni charlas, ya sabéis que mi sitio está a la derecha del padre. Hombre poco dado a preguntas y menos a respuestas, hace años eligió como traje de fiesta, un burka mal teñido de blanco que acabó a manchas grisáceas, cual pantera descolorida por soles, lluvias y vientos, pero que le permite comer en silencio y esconder debajo los cascos, con los que sigue escuchando la tele, su pasión. Nadie ya recuerda su voz.

Además de creativa y negra, como tampoco soy guerrera y esta noche es tradición que se monte una buena (da lo mismo por lo que sea, cualquier excusa siempre es bienvenida), es la razón por la que decidí este año diseñar mi mejor avatar y yo refugiarme debajo de la mesa.

  • La mesa está lista, grito bien fuerte mientras me cuelo bajo el mantel, procurando que no me delate ni la menor arruga ni un pliegue.

Los pies van llegando. Primero, arrastrando, las zapatillas a cuadros marrones y verdes de mi padre, el Jefe cuyo único mando es el de la tele. Zapatillas tan silenciosas como él que, aunque no son de fiesta, bajo el burka son invisibles, cualidad esa de la invisibilidad que ha perseguido el pobre hombre sin mucha fortuna.

Luego las rosas de baile cuajadas de estrellas: mi alta y rubia hermana Cristina, el Hada, nacida en otra galaxia, un mundo lejano, con un solo problema: le aterra la escasez, lo que la obliga con urgencia a adelantarse al gran cataclismo. Siempre anda flotando entre ideas ridículas, como la de escribir con letras de pasta, navegantes del plato de sopa, que saca para volver a usarlas en la siguiente comida y mientras, entretenerse formando frases: “la vida es rosa” o “la vida es bella” sobre el almidonado mantel. Lleva atadas a su falda de tul bolsas pequeñas y grandes que, al final de la cena podrá llevarse repletas; un tesoro de migas de pan, tapones de corcho, migajas de pavo y orejones naranjas que, a veces se cuelga de sus propias orejas.

A ella la siguen en fila, tres pares de zapatos azules iguales, las pequeñas e idénticas, mis hermanas: Selena, Fernanda y Elena. Solo pían: si, si, si… de ahí no las saques, antes muertas que llevar la contraria. Pero la juventud tiende a errar, a meter la pata, a contestar lo incorrecto o preguntar cualquier cosa que enfade a la madre o al hijo, claro que, a sus diez, once y doce años aún tienen por delante todo un aprendizaje para sobrevivir sin liarla.

Por último, resonando con fuerza al unísono, los tacones al final de cuatro gruesas piernas enfundadas en medias de seda. Madre y nuera junto a los zapatos de cordones, lazada perfecta, lustrosos, brillantes, del único hijo, el rey de la casa, el hereu perfecto. Lo llamo el Idiota, porque leí que eso define a aquellas personas que no saben existir más que para sí mismos y sus propias ideas. La nuera, gorda, gordísima y rubia de bote, enjoyada hasta las cejas, de garras rojas y curvas, la Urraca, la que roba en su vuelo cualquier cosa brillante, preferiblemente ajena; su lema es: todo para ella. El Idiota desliza caballeroso la butaca de madre, la Bruja, una bruja mala disfrazada de buena, la espalda bien recta, blanco moño en todo lo alto recogiendo hebras de plata nevada, ojos que todo lo ven, una mirada de esas que te perforan sin pronunciar ni media palabra, cual látigo invisible capaz de hacerte sangrar a la mínima pega. Contradecir a la Bruja es pecado al igual que ser negra, porque entiende como libertad de expresión la que coincida, al pie de la letra, con lo que ella dice o piensa.

Bendice la mesa y se abre la veda. Yo, debajo, voy discretamente cogiendo aquello que ponen en el plato de mi avatar con careta, formo un paquete, un hato, a la espera del momento de huir, cuando empiece la guerra. Porque guerra va a haber, eso no falta ni aún en años bisiestos, el Idiota necesita batalla, ha de ganar, da lo mismo por lo que sea. Hoy aprovechan la metedura de pata de la inconsciente de Selena, una de las tres hermanas pequeñas.

-Selena, ¿dónde está tu diadema? –pregunta la Bruja.

-Madre, me la ha robado el Idiota, la quería la Urraca y ya sabes, contra eso no hay manera – responde Selena

-¿Robado? – grita la Bruja ya levitando a un metro por encima de la butaca a la que estaba sujeta. La Bruja tiene tendencia a volar por la estancia, por encima de nuestras cabezas a pesar que procuramos atarla con lazos de raso.

-¿Robado? – brama el Idiota con la cara roja de rabia, sujetando a dos manos con fuerza por debajo del mantel ambos cuchillos, el suyo y el de la gorda rubia de bote que está a su izquierda.

-¿Robado? – susurra la Urraca, acariciándose la nueva diadema, mientras sonríe torciendo la boca y murmura: ahora viene lo bueno, empieza la guerra, a ver si se matan los unos a otros y me quedo de reina.

Selena enmudece, lívida, aterrada, la ha traicionado de nuevo el lenguaje junto a las diez copas de vino blanco y quien sabe cuántas de tinto que se ha bebido en la cena. Parece que huye, pero opta por subirse a la mesa, de rodillas suplica perdón, entre restos de pavo y sus salsas, pasteles, tartas y botellas vacías. Ya debería saber que es inútil, nada puede salvarla, el perdón no existe y menos en Nochebuena cuando el mejor regalo es la guerra.

Allí subida, sus manos tapando la cara, gimoteando, la Bruja en su vuelo tirándole del pelo con fuerza, sus mechones dorados rozan la majestuosa lámpara de cristal de La Granja y cuchillos, grandes, medianos, pequeños, lanzados por el Idiota van clavándose en su espalda, en el culo y en las piernas. Parece un erizo bien grande, un nuevo adorno de mesa, muñeco de esos con pilas que gritan y tiemblan.

La sangre chorrea hasta el suelo por el antes blanco mantel cuando, aprovechando el barullo, alzo un pico del sudario almidonado y gateo en silencio, bien agarrada al hato de comida que he acumulado, avanzo por debajo de la silla donde hace un rato se ataba la Bruja hasta llegar a la puerta que, previendo el broche final, dejé antes entreabierta.

Ya en la puerta me esperan, también en perfecto silencio, el gato y los perros. Mueven el rabo, me lamen las manos, la cara y me siguen sin ruido hasta el coche aparcado ahí mismo, nuevo refugio en el que empiezo a compartir con ellos las viandas del hato mientras el asfalto, se desliza negro y susurrante, bajo las ruedas.

Esto sí que es una fiesta.

-Qué suerte ser negra, pienso feliz y sonrío mientras me relamo los dedos.

Mañana venderé las caretas.

 

Marisa González

Alumna de los talleres de escritura de Relee