Mostrar, en literatura, tiene mucho que ver con lo visual y con los sentidos en general.

Si decimos «Me caí y me rompí tres costillas», por ejemplo, estamos informando de lo que ocurrió; son acciones, pero explicadas, y resulta difícil visualizar lo sucedido. Detallar más la acción, recurrir a elementos que nos permitan establecer coordenadas (el suelo, a lo mejor algún objeto que se soltó de la mano al caer, una metáfora para definir el dolor…) permitiría al lector no solo enterarse de lo que ocurrió sino activar los sentidos y, al hacerlo, identificarse como si fuera él mismo quien se cayera. Veamos el principio del relato «El canario», de Katherine Mansfield:

 

¿Ves aquel clavo grande a la derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo, y, sin embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: «Antes allí debía de colgar una jaula». Y eso me consuela: así siento que no se le olvida del todo.

 

A través de un elemento visual como es el clavo, y también de la jaula (inexistente, pero visual) nos está exponiendo lo que ha ocurrido, pero también nos está transmitiendo la vivencia. Pongamos que la autora empezase el relato diciendo: «Mi canario se murió la semana pasada, y estoy muy triste por ello. Le echo muchísimo de menos y solo encuentro consuelo cuando alguien se acuerda de él». Nos enteraríamos de lo sucedido, pero no podríamos aprehenderlo a través de los sentidos ni, por tanto, introducirnos en la vivencia de la narradora. Esa es la diferencia entre explicar y mostrar.

Isabel Cañelles

100 recetas exprés para mejorar nuestros relatos