¿Con quién baila la llama de la vela?

            Perros en la playa, JORDI DOCE

 

Cuando llegaba el momento del postre, Marie sacaba una bandeja con quesos verdosos, agujerados, blandos, que Laia ni se había imaginado que podían existir.

Casi al final del viaje acudió Florence, la nieta de Marie. Atardecía, y al contraluz del ventanal del salón, a Laia le pareció ver un hada revestida de esquirlas doradas; los ojos azul husky. Laia tendría ocho años; Florence, uno o dos más.

El padre de Laia hablaba y hablaba, hasta describió las cortinas del cuarto de la tele de su casa de España y dijo que eran de tres colores. ¿Para qué introducir –apretar- tres rayas verticales en el espacio que ocupan solo dos?, razonó –a su modo infantil- esa niña de ocho años. (O puede que solo pensara, seguramente fue eso: ¿no eran dos las rayas, en vez de tres?). ¿Para qué mencionar,  además, luego, lo de sus vestiditos?: “Todos se los ha cosido tu prima, Marie”.

Hay gente que negocia con la verdad. También hay gente que no envidia. La no envidia es como la ausencia de fe, Laia. No tiene mérito. Es cuestión de azar; nos viene dada. En cambio, ser verdadero es una opción y un desafío. Podemos marcar la casilla A o la B. La vida nos lanza un guante, y no es tarde para recogerlo.

Gracias, vida. Gracias a la vida.

El día en que Laia volvió al pueblo, las encontró en la calle sentadas en la acera.

De vez en cuando intercalaban frases que contenían la palabra champiño. Unos se fueron a cazar champiños. Tal salió a cazar champiños. Y se reían, les hacía mucha gracia, les resultaba tan, tan divertido el mero hecho de que los champiños pudieran ser capturados. Laia les pedía que se lo explicasen. ¿Pero un champiño, decidme, qué es? ¿Se come? Un animal no, no creía que fuese. ¿O lo era acaso? ¿Se trata de un objeto? Y un vegetal, tampoco, menos: los vegetales no se cazan: se recogen.

Laia tiene que desconectar. Y regresa a Francia –de donde acaba de venir-, a sus padres y a las cortinas de colores. Ahora ya sabe que se equivocó; su padre no mentía; las cortinas de la sala de la tele son de rayas de tres colores; los colores muy pálidos y parecidos, pero distintos: gris, blanco, beige: los ha visto en casa; los acaba de ver. Las amigas se ríen cada vez más, cada vez más, más, más, ja, ja, jjajja. Interrumpen sus recuerdos. Lloran de la risa. Cazar champiños.  Su madre confirma en Francia que los vestidos se los cosió ella. Laia se percibe fuera. Consciente y fuera. ¿Y qué hace una cuando está fuera? Cuando es niña. Laia hubiera podido pensar en la prima Florence, quizás lo hizo, en cómo le chapurreaba en francés, en cómo más allá habría otra luz (de un celeste muy claro; la pupila negra), y en que ella, Laia, rasgó en un cartón las cuatro letras de la palabra ZÈTE, para que Florence entendiese, y luego, en cuánto tardó el Citröen C7 blanco hueso que conducía su padre, y la procesionaria kilométrica de coches con españolitos dentro, finales de los años 60, que les precedía y les seguía, que daba la impresión de no terminar -como una novela río-, en que esperaron horas insertados, para al fin llegar al control de pasaportes de La Junquera, a la frontera con Francia. Y luego los quesos múltiples y olorosos y floridos y carcomidos y perforados y Florence. Sus ojos dos imanes azul husky. Aunque los perros siempre nos dieran miedo. Pero Florence, no. Translúcida. Y pasear por Zète. Mais, oui, bien sûr. Comment ça va? Las coletas oscuras de sus amigas zarandeándose de la risa, los flequillos sudorosos. Qué mareo de trenzas y soledad de cola de caballo y agosto. Cierro los ojos. De postre, quesos. Que parecen danzar en la bandeja de baile de los postres. Danzo con ellos.

(Y oler el roquefort/ meter el índice en un agujero gruyère/ de una loncha gruyére/ voltear la loncha gruyère /metérsela en la boca/ medio masticarla/ engullirla./ Y oler el roquefort roquefort).

 

La potencia de esparcir eso en un papel, Laia. De salpicarlo de tinta. Habrá que aguardar a que suceda. Será entonces cuando en algún sitio -tras las cortinas tricolor de la sala de la tele; que siguen ahí después de cincuenta años; desgastadas, finas-, despunten unas florecillas doradas de cinco pétalos, con algún reflejo rojo sangre. La brisa las balancea. Se van revelando progresivamente como las fotos de una cámara instantánea. Como esa bancada de carpines dorados y menudos, las aletas vaporosas, que poco a poco va emergiendo de las profundidades del río.

 

Champiño, hace tiempo que lo sabes, era más que una flor.