“El amor viene de Dios -leyó-   y es un objetivo en sí mismo”

Que el amor venía de Dios lo entendía, ya que su profe de religión,   le hablaba de la gran bondad y amor de Dios hacia el mundo y la humanidad, pero lo que no le quedaba claro  era eso de que era un objetivo en sí mismo.

¿Qué era un objetivo? Y esa noche, ya en la cama, preguntó a su madre cuando le arropaba.

  • Un objetivo, hijo, es algo que va directo a una cosa; un objetivo es el fin al que se dirige algo y nadie debería desviarse de él
  • ¿Un objetivo es entonces el querer ponerme bueno?  ¿Y también el ir al colegio todos los días es un objetivo?
  • Sí, hijo –dijo su madre con dulzura
  • ¿Y los niños desobedientes tienen un objetivo? – preguntó al acordarse del niño grandullón que en el recreo le llamaba calvo.
  • Ese es un objetivo malo. Duerme ahora, cariño, mañana tienes que ir al colegio. Objetivo bueno. ¿Recuerdas?

Y Diego, antes de dormirse pensó que debía distinguir entre objetivo bueno y objetivo malo

A sus once años se creía menos que sus compañeros de colegio. Su cabeza sin pelo le hacía sentirse mal.  Pero debía pensar que el objetivo de la inyección que le ponían y que le había hecho quedarse sin pelo era curarse el cáncer que tenía en la sangre  y que si era fuerte y no dejaba de hacer todo lo que los médicos le mandaban, se pondría bueno, y que no debía importarle que algunos niños se rieran de él, porque su objetivo era  curarse, y aparte de eso estudiar, hacer los deberes y ser bueno y obediente  y  que le gustaría tener pelo y así tener menos objetivos que cumplir.

Curarse el cáncer que tenía en la sangre era un objetivo bueno, y así podría jugar con Anita su compañera de pupitre que le había prometido ser su amiga para siempre y que le miraba con cariño  su cabeza sin pelo y le daba  besos suaves y delicados en la coronilla y decía que le gustaban sus ojos dulces porque eran del color de la miel.

Y esa noche soñó que su padre le dejaba conducir el coche y que iba a la peluquería a que le cortasen el  pelo como a papá y que…

Cuando a la mañana siguiente  su madre le  llamó  para  ir al cole, despertó contento porque aparte de querer curarse quería parecerse a papá y  quererlos a los dos  cada día más  y seguir siendo amigo de Anita y  aprender más palabras en el colegio.

Le gustaban mucho las palabras. Las aprendía rápido y no se le olvidaban nunca. ALFEIZAR  era una de  las que había aprendido últimamente. Le gustaba saborearla: A-L-F-E-I-Z-A-R-, era como  un helado de fresa que se derretía en su boca. SOTOBOSQUE  era otra palabra y se imaginaba en lo más intrincado de un lugar misterioso, verde, sombrío  y luminoso al mismo tiempo. Y cuando pronunciaba la palabra ALONDRA miraba al cielo y se imaginaba libre, sus brazos en posición ala delta y su cuerpo ligero y abandonado al viento.

Descubrió también que había palabras buenas y malas, como objetivos buenos y objetivos malos, y se  le  ocurrió  pensar  en   ellas.  Por ejemplo, ALEGRÍA  y TRISTEZA.  SALUD  y ENFERMEDAD.  Y pensó: IR AL COLEGIO  o ESTAR EN EL HOSPITAL. Una frase era buena y la otra mala, pero pensó que aunque la última era una frase triste tenía un objetivo bueno que era curarse el cáncer.

Diego  recordó que cuando  estuvo tan malito en el hospital, Anita fue a verle con su mamá y luego papá y mamá se hicieron amigos del papá y la mamá de Anita. Y también fue a verle  la hermana mayor de Anita que  era muy guapa y ya estaba en COU.  Y pensó que le gustaría tener  un hermanito. Eso era un objetivo bueno, pensó.  Y también  recordó   los ojos rojos de mamá durante aquellos días. Ella que tan bonitos  los tenía cuando no estaban rojos. Y solo por verla alegre y sonriente, con su bonita melena dorada suelta, hizo todo lo que los médicos le decían.   Eso fue  otro  objetivo bueno.

Y como entonces fue muy  obediente  pudo salir del hospital y regresar  a casa y seguir yendo al colegio y disfrutar con nuevas palabras.

Pero, a  Diego le quedaron  muchas palabras por aprender…

 

Matilde Martínez Amores

Alumna de los talleres de escritura de Relee