El uso de símbolos no solo está permitido en narrativa, sino que es muy recomendable, especialmente en el relato breve, ya que de una forma visual y sintética se está transmitiendo una gran carga de significado.

Ahora bien, también en el uso de los símbolos (como con cada uno de los recursos narrativos) hay que adquirir un rodaje. Hay símbolos muy evidentes (la paloma de la paz, un corazón para el amor, etc.) que no requieren ningún tipo de aclaración pero que están demasiado manidos y son, por tanto, inoperantes. Por poner un ejemplo que suele mencionar Ángel Zapata, Lorca dejó completamente exprimida a la luna como símbolo literario. Si nuestros personajes salen a pasear una noche, pues, mejor que esté nublado ;-).

Sin embargo hay otros símbolos, fabricados por el autor especialmente para un relato y una trama concretos, cuya asociación con el concepto al que representan no es tan evidente, de modo que hay que fabricarla textualmente para facilitar que el lector la interprete correctamente.

Porque lo que sí tienen que hacer los símbolos es provocar un efecto en el lector. Puede darse cuenta de a qué se debe ese efecto o no, pero si no se genera una conexión (consciente o inconsciente) entre el objeto simbólico y aquello a lo que representa (puede ser una persona, un sentimiento o un concepto abstracto), dicho símbolo pierde validez; o sea, deja de ser un símbolo a efectos prácticos. Por eso el escritor ha de ser hábil (o intuitivo, que viene a ser lo mismo) cuando usa determinados símbolos, para no introducirlos de una forma demasiado burda pero para que, a la vez, produzcan el efecto deseado en el lector.

Se trata, pues, de ejercitarse en ese punto intermedio (tan difícil de alcanzar) de ser sutiles sin llegar a lo vacuo.

 

Isabel Cañelles

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