Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última
vez la imagen de Ulrica.

Ulrica, JORGE LUIS BORGES

 

 

  1. Me acuerdo de que hay apuntes que no deberían compartirse ni con ningún psicólogo, ni con ningún lector ni lectora. También me acuerdo de que la LITERATURA está por encima de casi todo. Puede que de lo anterior también. No me negaré.
  1. Me acuerdo de que vosotros eráis los más discretos del universo, no os oíamos nunca, debíais de susurrar; y nosotros éramos las bestias que bramaban, que también reían, lloraban, tocaban la pandereta y el tambor, zapateaban; los conejos se nos morían chillando.
  1. Me acuerdo de que las chiquillas de entonces formábamos a veces un pasillo y nos turnábamos para recorrerlo medio al trote mientras cantábamos: “yo no siento pena/ ni siento alegría/ de ver a Fulano/ debajo la vía”. Fulano era el chico que nos gustaba. Mi Fulano se llamaba Martín. Años más tarde, cuando mi novio Aran tuvo una caída mortal en un andén –en ese mismo instante-, una tarántula se apresuró a tatuarme su mordedura entre mis dos ventrículos. En ocasiones, aún me estremece el temblor de sus hilos de tinta negra. 
  1. Me acuerdo de que al poco de casarse con Colin, a Chloé se le instaló un nenúfar en su interior y que tan solo flores, montañas de flores, cataratas del Niágara de flores, conseguían que su laringe, faringe, alveolos, amígdalas, se deshiciesen de tanto tendón y arenisca para, durante unos minutos, reblandecerse y fermentar.
  1. Me acuerdo de que una bandada de veloces astillas juguetonas se abalanzó sobre una niña de mi colegio; y que una fue a parar a su ojo sano: esa niña perdió su ojo. Mi hijo pequeño también llegaría a perder su ojo, el izquierdo, debido a un retinobastardo que -para sembrarse y reproducirse y levitar hasta lo más alto- se auto astilló en infinitas, invisibles al ojo, desesperadas, salvajes, intrépidas, carnívoras, malditas luchadoras astillas.
  1. Me acuerdo de que al poco de nacer Fabio, nos llegó una carta de la University of Souththern California. Nos proponían que nuestro hijo participase en una investigación de pruebas oculares a recién nacidos. Yo me negué. What the hell! A los dos años en punto, la pupila oscura de mi hijo comenzó a proyectar una luz blanca autónoma, de faro que le guiña a la vida. Oh, faro.
  1. Me acuerdo de que en Ulrica también estaba el oro. Y de que alguien la invitaría a una copa que ella rechazó. Tanto Ulrica como Chloé son dos personajes literarios en los que percibo un reflejo de familia, una hermandad. En el caso de Ulrica, no es porque en mí esté el oro, aunque mi piel pueda desdorase y dorarse; tampoco es porque yo, un día, hace tiempo, rehusase una copa de vino. Más bien fui yo quien la ofrecí, en vísperas de encaminarme a un altar de síquieros, encrucijadas viajeras.
  1. Me acuerdo de que eres seguramente el hombre que me ha querido, deseado y pensado durante más tiempo en mi vida. Hasta el día de hoy. Hasta que te mueras. Desde lejos casi siempre. Nos han separado barrancos, parejas, países, hijos –los míos, ¿por qué no has tenido tú?-; océanos. Yo he sido nómada; tú, sedentario. Pero, a veces, solo la piel nos separó y unió. La memoria de la piel existe. En absoluto me preocupa que suene a lugar común. EXISTE. Para mí ha sido un descubrimiento. Aunque no te oyese, yo te sentía y no dejaba de cantar.
  1. Me acuerdo de que fui, soy y seré, fantasiosa y obsesiva. Fantasiosa-obsesiva. Fantasiosoobsesiva. Obsesiva y fantasiosa. Obsesa. Nuestras vidas son acuarios. Tú y yo fintándonos. Tu boca y la mía un solo acuario. Tu boca y la mía acuarios solos. Tu boca, la mía.

 

 

Las bocas de las personas, esa especie de acuarios, se transforman durante toda la vida. Así como la distancia que separa los planetas cambia, y la Tierra está cada vez más lejos del Sol, la distancia entre los dientes puede separarse también. Ven, sonríeme. Con una sonrisa amplia. Los norteamericanos dicen: give me a smile. Los catalanes: Fes-me un somriure. Los malos traductores –padecemos a tantos- traducen literalmente: “dame una sonrisa”; y un cursi escribe: “ofréceme una sonrisa”. Pero, en español, las sonrisas ni se dan ni se ofrecen ni se hacen. Uno, una, tan solo sonríe. Si quieres que alguien te sonría, se lo puedes pedir: “sonríeme”, “me gustaría que sonrieras” Y a mí me gustaría que entre tus dientes compitiesen hordas de pececillos veloces –bien menudos, recién nacidos, poco más que microscópicos- y se tumbasen –agotados- detrás de los míos. O enfrente. Encima. En el acuario combinado de nuestras dos bocas.

 

María José Beltrán

Autora de “Lo llamaré frontera”