Es comprensible que a veces nos dé pereza narrar hechos que conllevarán mucho esfuerzo, implicación y desgaste emocional. Pero está bien darse cuenta de que, en ocasiones, eludir esta tarea conlleva necesariamente el desinterés del lector, el mismo desinterés que parece tener el narrador en mostrar lo ocurrido punto por punto.

Esta toma de conciencia nos llevará a medir nuestras fuerzas de antemano y a plantear argumentos acordes con nuestras limitaciones y capacidades actuales, quizá historias pequeñas que se puedan encuadrar en un espacio, tiempo y estado anímico abarcables.

No podemos pretender hacer pasar al lector (ni a nosotros mismos como escritores) por sucesos tremendos en una extensión mínima con personajes y hechos imprecisos. Queremos hablar de las cosas importantes de la vida, y es natural, pero hemos de tener en cuenta que lo importante y hermoso no se encuentra necesariamente en lo dramático y terrible, sino que está igualmente presente en lo pequeño. Todo depende de nuestra profundidad de mirada y de nuestra capacidad para, a través del detalle, provocar la transformación. En la instantaneidad de un beso puede haber toda una historia si sabemos ponerlo al microscopio, otorgarle profundidad y atravesarlo con la flecha de nuestra técnica.

 

Isabel Cañelles

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