Si se te ocurre cruzar el Pacífico en un velero, quizás a mitad del camino entre América y Asia te encuentres con las pequeñas islas que constituyen Kiribati, un pequeño país habitado desde hace 2.000 o 3.000 años.

Tendrás que darte prisa si quieres conocerlas, porque en los próximos años van a quedar sumergidas por el mar. El cambio climático tiene estas cosas, los polos se derriten, el nivel de los océanos sube, y muchas islas (también nuestras playas) quedarán debajo del océano.

Kiribati es independiente desde 1979, antes fue ocupado por los ingleses y se llamaba Islas Gilbert, islas que durante más de tres siglos y medio (de 1525 a 1885) habían sido españolas. Entonces se llamaban Islas de Santa Catalina, y habían sido descubiertas por Magallanes, por eso la mayoría de sus habitantes son católicos.

En Kiribati viven unas 115.000 personas en 800km2, y son gente tranquila, pero a la vez muy preocupada porque no quieren que su país se hunda en el mar. Por ello acuden a foros y reuniones internacionales, en las que cuentan su dramática situación, y en las que son escuchados con mucha educación, respeto y un puntito de pena.

Pero al salir de las reuniones, la vida sigue como siempre. Las empresas, los Gobiernos y los ciudadanos del resto del mundo, seguimos quemando carbón y petróleo, comiendo mucha carne de vacuno, y consumiendo cada vez más, como si quisiéramos que Kiribati se hundiera lo más rápido posible en las aguas del Océano. Seguramente Hollywood hará luego varias películas, y saldremos llorando del cine, nos dará mucha pena.

La gente de Kiribati cree que somos culpables de lo que está pasando, que es una guerra que va a hacer desaparecer su país, y ya están marchándose a otros países, como Nueva Zelanda. El Gobierno de Kiribati está pensando comprar tierras en las islas Fiyi para emigrar ordenadamente en los próximos años.

Será curioso dentro de unos años escuchar a los antiguos habitantes de Kiribati cómo recuerdan a su bonito país con nostalgia, menos mal que les quedarán los videos y las películas. De nosotros, los habitantes del mundo desarrollado, no creo que tengan tan buen recuerdo.

Al menos, esperemos que a ellos no se les niegue el título de “refugiados climáticos”, aunque cosas más raras se están viendo últimamente. Es curiosa esta humanidad que cada año corre más rápido, escapando de sí misma, hacia un lugar que no parece que tenga buena pinta. Eso sí, algunos se lo están pasando estupendamente en la fiesta. Hasta que se acabe el champán.

Mariano Baratech

Sociólogo y colaborador de RELEE