Me gusta la música indie desde hace media vida, y en todos esos años he ido a cientos de conciertos en pequeños locales, y no tanto. Recuerdo algunos de esos conciertos. Uno en el que vino a Valencia una banda de San Sebastián: seiscientos kilómetros y seis espectadores —es fácil poner en marcha la calculadora—. La música indie y la literatura han terminado por parecerse. Ahora voy a presentaciones a las que asisten media docena de personas. Yo mismo presenté uno de mis libros, en Madrid, con solo nueve pares de ojos enfrente, por lo que no pude sentirme una estrella de rock justo el día en que pensaba que podría sentirme una estrella de rock.

Los escritores (no todos) tenemos un corazón tan delicado como nuestro ego. Hace tiempo que se sabe que no todos los corazones son tan blancos. Si alguien escribe y opta por guardar lo que escribe en un cajón, le auguro unos sueños más tranquilos. Si alguien escribe y piensa en publicar y publica, y cree que los asistentes a la presentación son el termómetro de hasta dónde ha llegado su literatura, la tarde que le toque presentar y vayan cuatro gatos, lo normal es que sonría y la procesión irá por dentro. A veces la procesión va por fuera y se escapan quejas: “Me tendré que plantear seriamente si vuelvo con otro autor de mi editorial a esta ciudad”, o “Es vergonzoso que a una autora como X solo vengan a verla siete personas. Todo esto se puede ir a la mierda ya mismo”, o “Dan ganas de no programar más actos”. Esta es la música que escuchan, en ocasiones, quienes escriben.

Hay actos a los que va muy poca gente aunque se produce un tipo de comunicación maravilloso e irrepetible. Es lo que tiene la magia, que no está garantizada. Pero a pocos autores les gusta poner pruebas de los asientos vacíos, de ese pequeño patio de butacas portátil con veinte unidades, en las que solo hay rellenados los huecos de la primera fila y poco más. Lo normal es que esos mismos que han optado por esquivar esas imágenes delatoras, cuando llenan la librería, pongan ejemplos palpables y luminosos de lo estupenda que se dio la velada. Yo tenía un amigo en el instituto que era guapísimo. Tenía una mancha encarnada, del tamaño de una moneda de dos euros, en la mejilla izquierda, así que procuraba salir en las fotografías con la cabeza vuelta hacia ese lado. Era como si mi amigo se estuviese anticipando a ser un experto en presentaciones de libros con escasa concurrencia.

Un libro no es bueno ni deja de serlo en función de cuántas personas vayan a ver a quien lo ha escrito. La literatura no se mide en sillas ocupadas. Pero a mí, cuando me asomo a las redes sociales, me produce una ternura irrefrenable ver cómo mi compañero de instituto vuelve la cabeza hacia la izquierda para que se vea su lado bueno. Es lo que suelo entrever cuando alguien comparte imágenes de un encuentro con los lectores y resulta que las fotos que pone solo es la de la mesa en la que aparecen esa persona y quien la acompañó. Lo que no se enseña no existe e intenta esconder un campo de patatas después de recolectarlo.

Los escritores y las escritoras están hechos para escribir. A veces para tomar unas copas de vino con quienes se han leído o van a leerse su libro. Pero nos movemos como en un circuito de música indie. Si el local parece la botella medio vacía da un poco de pena (viajar a otra ciudad, pagar una habitación de hotel, poner algo ingenioso en Twitter o avisar personalmente a los amigos de que vas a visitar su ciudad, que si pueden venir estaría genial, que tu pareja te mande un beso por WhatsApp y mucha suerte, cariño). Esa mirada a la concurrencia es algo donde suele detenerse nuestra atención. Aún colea en nuestra cabeza la idea de que, como hemos escrito algo a lo que nos hemos entregado en cuerpo y alma, todo tiene que salir perfectamente.

             Hemos sido soltados a la pista de un circo. Vivimos en ella.

         Otra vez planea, por semejanza, la sombra de la banda indie que va de bolo en bolo con su furgoneta. Nos sentimos un poco héroes por hacer algo diferente y aparentemente romántico como escribir. Un poco, también —por rescatar antiguas fijaciones— ha llegado a nuestros oídos la música que sonaba cuando Ray Loriga, por ejemplo, salía a escena. ¿Y quién no ha soñado, alguna vez, con que las cosas le vayan igual de bien que al Loriga de esa época de discos de oro y platino?

Hay ocasiones en las que el vacío es triste. Hay días de lluvia en los que uno se enamora, aunque solemos preferir las tardes soleadas para pasear. Es fácil para cualquier escritor o escritora sentir que aún es observado como a un héroe. Y, entonces, ocurre lo que ocurre si pisamos los charcos con esos pies de barro que tenemos todos cuando estamos fuera de los cómics de Marvel*.

*Frase inspirada en la lectura de “Lo que me atraía de Spiderman era su dualidad, su fragilidad y su fortaleza”, artículo de Javier Morales, publicado en El Asombrario, el 18 de noviembre de 2018.

 

Kike Parra

Escritor y profesor de RELEE