Marija e Ivan Trušček no están enterrados en el cementerio Mirogoj de Zagreb, pero sus nombres pueden leerse en una de las lápidas. Sobre fondo negro, unas letras doradas titulan la inscripción Obitelj Trušček para, sin más detalles, dejar paso a una lista de dos que revela que Marija es un año mayor que Ivan. El tiempo presente es deliberado: a 1939 le sigue un guion, y al guion le sigue un vacío negro en la oscuridad húmeda del mármol. Lo mismo sucede con el 1940 de Ivan. Esos espacios despejados son, junto con los cadáveres de los Trušček, el último trabajo pendiente para que la tumba quede rematada en su forma final y dispuesta para el abandono.

A las puertas de los ochenta años, imagino a Marija diciéndole a Ivan en su casa de la calle Gundulićeva que ya deberían comenzar a pensar en ciertas cosas. Imagino a Ivan tosiendo sus últimas ínfulas en forma de flema mientras saca el recibo de la funeraria de una carpeta azul. Ya había pensado en eso. Imagino que sus hijos no saben nada, que Marija e Ivan lo hacen a sus espaldas. Imagino que no tienen hijos. Imagino a la pareja sin hablar, sentados en un banco del Jardín Botánico. Imagino a Marija intentando sonreír al ver que una tortuga asoma la cabeza en el agua estancada y boquea tres veces.

Los Trušček han sido previsores, y no parecen sentir el vértigo de los espacios en blanco. En cualquier momento, un fémur roto o una gripe mal curada los animará a reconocer que podrían incluir también un dos y un cero tras los guiones de su tumba. Si todo va bien, en un par de años decidirán si incorporar el dígito de la década. Así, los hijos que no tienen y a quienes han ocultado todo esto solo deberán hacerse cargo de un número: el que marque quien muera más tarde.

No son los únicos. En otras lápidas del mismo cementerio hay nombres y fotografías de mujeres vivas junto a los de sus maridos muertos. En cada visita a la tumba, Doroteja o Ljiljana o Mirna o Tereza se miran desde un marco de bronce que está empezando a llenarse de cardenillo. Quizás decidan más adelante cambiar la fotografía, en ese empeño universal por acomodar la imagen exterior del yo vivo al aspecto del yo que entrará, machacado por la enfermedad del tiempo, en el hueco abierto bajo el granito. Si la prisa sugerida por el óxido y la corrosión del marco les inquieta demasiado, pensarán en la idea de encargar uno nuevo o en la de morirse lo antes posible.

En La bestia del corazón, Herta Müller escribe: «No lloraban porque ya no querían agotar sus mejillas. Porque su rostro ya aparecía sobre la lápida, mejilla a mejilla con el muerto, en una foto redonda. Llegaban y esperaban, quién sabe desde cuándo, a que el encuentro en la lápida se hiciera realidad. Sus nombres y fechas de nacimiento estaban esculpidas en la piedra. Un espacio liso y vacío, del tamaño de una mano, aguardaba el día de su muerte. No se quedaban mucho rato junto a la tumba».

Marija o Ivan podrán llorar todo lo que quieran frente a la tumba que durante un tiempo será solo de la mitad de los Trušček. También pensaron en eso y decidieron no colocar fotografías. No pasará nada si sus mejillas se agotan: ninguna imagen revelará huellas o cicatrices nacidas entre la captura y la muerte. O quizás ni siquiera contemplen esa asimetría y estén sudando, ahora mismo, en el invernadero del Jardín Botánico, delante de una gran victoria regia agujereada y descompuesta, para decidir el único año que pronto se inscribirá dos veces sobre su lápida.

 

Jesús Barrio

Autor de “Lo que no está”