Soy la mujer más bella del mundo, sin concursos, sin declaraciones oficiales Todo el universo se rendiría ante mi belleza, es magnífica,  esplendorosa.

No sé cómo ocurrió.

Después de una noche de pesadillas desperté con la cabeza cargada y las piernas torpes. Me levanté con dificultad, me dolía cada hueso de mi pequeño cuerpo. Fui al baño. Estuve un buen rato sentada en el trono, intentando despabilarme y poner en orden las tareas del día. En la oficina me esperaba el maldito balance y por la tarde la habitual visita a mi suegra, me sentía morir. Los malos sueños me habían dejado un sabor amargo y me dolía hasta la piel. Seguramente, y a pesar de la vacuna,  la gripe se cernía sobre mi cuerpo maltrecho.

Abriendo los ojos, solo lo imprescindible para no tropezar con los muebles, me volví a la cama. Bajo las sábanas me froté las piernas buscando un alivio, me extrañó notarlas más suaves que de costumbre y… más largas, ¿Y mis varices? Entonces abrí los ojos dormidos, increíble,  tenía unos muslos largos sin celulitis, las rodillas brillantes, los tobillos de concurso, y ya no me dolían.

Me levanté alarmada, y frente a mí, el espejo de siempre me devolvió una imagen que no era la mía, aquel espejo reflejaba la belleza más absoluta…La última imagen que ví de mí ante éste mismo espejo fue anoche, al vestirme para la fiesta, me miré decepcionada: si fuera más esbelta, si mi pelo fuera más abundante, si mis ojos fueran más grandes y rodeados de espesas pestañas…

Sin duda, en la juerga de anoche, alguien me había gastado una broma, me suministró un alucinógeno, de ahí el sueño inquieto, las pesadillas y el malestar.

Horrorizada me cubrí la cara con las manos. Me parecía vislumbrar, entre copas y risas, a mis amigas, me llamaban “cobarde” porque aguanté sin reaccionar que mi marido babease detrás de una supersexi que apareció en la fiesta, y “sometida” porque siempre aceptaba sus propuestas sobre las mías…Me animaban a la rebelión mientras yo enloquecida giraba y giraba.

Me volví a la cama a tientas, no quería ver más alucinaciones, me tapé hasta la cabeza, los sollozos me ahogaban.

Al otro lado de la cama sonó el despertador…

—Niña  ¿No te levantas hoy?…Tienes resaca ¿eh? Te dio por beber y decir estupideces…Pero ¿Estás llorando?…¿Qué he hecho mal ésta vez?…¿Sigues con tu ataque de celos?

Con un suspiro de fingida paciencia, mi marido vino hacia mi lado, empezó a acariciarme sobre las sábanas intentando al mismo tiempo meter la nariz por entre los resquicios del embozo,  su gesto más seductor.

— Tienes unas curvas estupendas, y a pesar de que te noto algo más delgada, tu cuerpo

 es firme y cautivador— decía sin parar de sobarme sobre la sábana.

Destapándome de repente le dije:—Dani ¿Qué nos dieron anoche?

Dio un salto de felino y no me pudo contestar porque, al verme, la voz se le quedó enganchada en la garganta. Pálido como la muerte, temblando de pánico, estaba allí, apoyado contra la pared, chapurreando incoherencias y sujetándose con las dos manos  el pantalón del pijama.

De nuevo me volvió el llanto, no podía controlar la situación, mi mente lógica echaba humo, solo quería despertar de ese mal sueño.

Pasado un buen rato, él se fué relajando poco a poco, actuaba conmigo como un niño que quiere tocar a un perro y no se atreve.

Se frotó los ojos, dio unos pequeños pasos de aproximación, hasta que al fín alargó la mano y me tocó un pie ¡Qué pie! Sin protuberancias ni durezas, las uñas perfectas de un rojo agresivo. Al primer contacto retiró las manos como si mi piel quemase, luego fue tomando confianza, los acariciaba y lamía los dedos uno a uno poniendo los ojos en blanco.

 Acertó a decir  entre balbuceos:

—Digo yo, que esto que te ha pasado es rarísimo. Nunca lo oí.

Mi llanto silencioso se convirtió en llantina rabiosa.

—Pero no llores, si es magnífico, esto tiene su lado bueno y uhmm!—susurró relamiéndose—hay que aprovecharlo. Debemos plantearlo con calma. Primero vamos a tomarnos un tiempo.

Sus manos no paraban de tocar y tocar, sus ojos empezaron a hacer chiribitas —Si…si..Esta situación hay que tomársela con muuucha, mucha calma. Me besaba por todas partes.

De repente se levantó y se fue. Le oí que hablaba por teléfono.

Liberada de él y de su manoseo intenté hacerme con la situación. Me puse ante el espejo. Lo único que quedaba de mí eran mis labios gordezuelos con el lunar, ese lunar que me ha dado momentos de gloria. Los ojos verdes y almendrados, la figura de Claudia Schiffer, por lo menos veinte centímetros sobre mis escasos 1,50. Los dientes eran los del anuncio de Dentilindos, la clínica dental de la esquina que siempre me tienta cuando paso por  delante. Y…¡Una piel!…¡Una melena!

Dani habló con su oficina y con la mía. Les anunció que por un motivo familiar grave íbamos a cogernos unos días aunque fuese a costa de las vacaciones y como estaba eufórico se enrolló  en un lio de explicaciones tontas.

—Ahora vamos a disfrutarlo, no sabemos lo que va a durar — dijo fascinado al tiempo que ponía a punto su olvidada máquina de fotos.

Yo me sentía un fenómeno de feria,  alucinaba con sus planteamientos.

Pasaban los días sin salir de casa, haciendo fotos sin parar, en las posturas más absurdas. Estábamos como en la inopia. Él en un nido de amor, yo en un nudo de confusión.

Pensé que él se iría  tranquilizando. Yo empezaba a cansarme de la situación, ser tan guapa para solo él me parecía un desperdicio. Pero cada vez que me miraba  al espejo me embargaba la emoción, era como el cuento de La bella y la bestia, pero yo conmigo misma.

Y bailaba y bailaba.

Y posaba y posaba, boca arriba, boca abajo, en las posturas más rebuscadas.

Mis conversaciones con Dani eran absurdas e inconexas.

— Me tendré que comprar ropa, la que tengo me queda corta y ancha

 —Tendré que ponerte cuatro guardaespaldas, si no va a ser un escándalo, los tíos se te pegaran como moscas—Levanta los brazos y gírate un poco, así.

— ¿Cómo les voy a demostrar en el trabajo que sigo siendo yo?

— Por la calle tendrás que ir con gabardina, sombrero de ala y enormes gafas oscuras, como las famosas…Da un paso de espaldas y vuelve el torso como hace la Pataki, así, perfecto..

—Con este maravilloso pelo ya no necesito ir a la peluquería.

—Pero el caso es que los de “seguridad” siempre son altos y fuertes, podrían gustarte más que yo, y no son de fiar.

—A lo mejor podría dejar mi oficina cutre y dedicarme al cine.

—Eso, ni en broma. Estarás siempre en casa, que nadie te vea, tu cuerpo solo para mí—Ahora un primer plano, acércate.

— Sería estupendo rodar con Banderas, o con Richard Gere, deben dar unos besos de muerte.

—¡Ya me lo temía yo! Quieres huir de mí. ¿No te bastan mis besos?

—¡ Hombre!…Pero luego al abrir los ojos, no es lo mismo, compréndelo.

A mi marido le comen los celos, no me deja ni a sol ni a sombra, y empiezo a notarle demacrado.

Vivimos en el desconcierto, deslumbrados con ésta situación insólita.

—Yo creo que esto será como un sarampión, que se irá pasando poco a poco—me dice.

—Podría ir al médico a preguntarle.

—Quita, quita, nada de médicos. Quizás una noche como aquella se vuelva a producir el prodigio a la inversa. Y, mientras tanto, vamos a aprovecharlo—dijo bajándome el tirante y paseando su nariz de perro pachón por encima de mi hombro.

Echaba de menos mis pelos de rata, mi cutis con espinillas y la redondez de mi tripa.

Necesitaría salir de mi encierro pero él se ponía como una fiera y no me sentía capaz de contrariarle.

Abrí el armario y me puse delante intentando buscar algo que ponerme.

—¡Todo me está fatal! Estrecho por unos lados y ancho por otros.

—Tampoco necesitas tanta ropa, mejor poca cosa Y no comentes con nadie lo de tu transformación, no se lo van a creer y te van a tomar por chiflada. Di que necesitas aire puro y que nos vamos a marchar.

—Pero cariño, yo me pregunto de qué me vale ser tan guapa si no puedo lucirme ante los demás, darles envidia y sacar algún beneficio.

—¿Ves? Quieres dejarme—Me echó por encima un foulard y me condujo por la cintura hasta el sofá del cuarto de estar— Tú tranquila, de momento he pedido una excedencia, y mira la foto de la preciosa casita rural en la que  vamos a vivir una temporada.

—¡Pero si está en medio de un bosque! ¡Y rodeada de riscos!

—¡Estupenda, no necesitamos ni jardinero. La compra en el supermercado se puede hacer una vez por semana a través del teléfono…

—Estás loco de remate. La vida  así me parece insufrible, aburridísima.

En un rasgo de valentía, aprovechando que Dani salió a firmar los papeles de la nueva casa, salí un momento a la calle, con mi ropa corta y estrecha.

Sin yo proponérmelo mis pisadas resonaban seguras, la gente se daba codazos y se volvía a mirarme, el viejete del puesto de periódicos no me reconoció y me dijo adulador que estaba a mi disposición. Al entrar en la panadería, los que estaban en cola se fueron retirando para dejarme pasar al tiempo que bisbiseaban….Nadie me hablaba y todos se apartaban mirándome perplejos.

Un coche estupendo me siguió durante un rato, cuando salí de la panadería se bajó un gordito con muy buena pinta y me invitó a ir con él a no sé cuál paraíso. Le miré unos minutos, sentí vértigo,  y al cabo, hui corriendo.

Hasta Mariano, mi portero de siempre, me preguntó a qué piso iba.

¡Toda mi vida perdida! ¿Soy otra? ¿Habré cambiado también por dentro? Deseaba volver a mi anonimato. Recuperar mis luchas y mis logros. Lloré y lloré y me restregué con furia hasta tener como pimientos los maravillosos ojos verdes.

Dani había sido un hombre pacífico, bastante mandón y absorbente pero hasta divertido a veces. Ahora está enloquecido, me mima como a una frágil porcelana, y se ha vuelto agresivo, incluso violento cuando intento hacerle razonar.

Quiere ducharme, vestirme…Me vigila a todas horas.

Me impide dar explicaciones a mis amigas, ni siquiera a mi hermana que vive en Holanda.

Cuando hablo con ellas parezco tonta:

—Sí, Concha, en unos días no voy a ir a nuestro café semanal…No, no me pasa nada malo…No, no vengáis a verme…Porque a lo mejor es contagioso. No, no es una enfermedad, es que… Dani ha pedido una baja y quiere estar solo conmigo.  No, al cine tampoco.

Mis compañeras deben pensar que me ha dado algo raro a la cabeza  y  no digo más que sandeces.

Soy un ser sin identidad.

No tengo un minuto de libertad. Me da miedo enfrentarme a él y a su estrategia de protección.

Su amor enfermizo me produce horror y  náuseas.

Soy la mujer más bella del mundo pero…quizás, tal vez, algún día  me hunda para siempre en el agua tibia y roja  de mi bañera.

 

MªLuz Lopez

Alumna de los talleres de escritura de Relee