Los falsos finales muchas veces tienen que ver con una deficiente inmersión en el personaje. Cuando nuestro personaje es un desconocido para nosotros tendemos a dejar un hueco en lo que sería el clímax del relato, el momento álgido en que el protagonista tiene que decidir qué hace con su conflicto vital.

Hay un momento en la narración en que si queremos que esta funcione tenemos que olvidarnos de las ideas preconcebidas que tenemos sobre ella y dejar que el personaje actúe. En esos momentos, si lo manipulamos, se nota mucho, se desarticula la historia, faltamos a las propias expectativas que hemos creado. El lector tiene la sensación de que el personaje es rígido y monolítico, que empieza como acaba.

Hay momentos (especialmente los clímax y los desenlaces de los relatos en los que la acción es mínima) en que el grado de identificación del autor con el personaje ha de ser máximo, hasta el extremo de olvidarse de cómo pensaba terminar el relato. Es como una especie de renuncia, que puede dar como resultado un giro de ciento ochenta grados (o no) pero que, en cualquier caso, propiciará el desenlace natural (y no manipulado) de la historia.

Isabel Cañelles

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