Hay años que fabrican la historia, y el 68, junto al 89, fueron los que marcaron la segunda mitad del siglo XX.

Aunque ahora suene raro, hubo un período en el que parecía que la URSS podría ganar la guerra fría, fueron los años 60. La revolución cubana; la independencia de los países africanos, de Oriente Medio y el sudeste asiático conducida por movimientos socialistas o no alineados; la guerra de Vietnam; y el que casi la mitad de la humanidad viviera en países comunistas o socialistas, alentaban esa posibilidad.

A finales de los 60 muchas cosas se movían también en Occidente. La juventud norteamericana se movilizaba contra la guerra de Vietnam, surgía el movimiento hippie en California, Salvador Allende llegaba a la Presidencia de Chile, Italia era una batalla campal con la izquierda obrera en lucha continua, en Francia estalló el mayo del 68, y en Checoslovaquia el partido comunista encabezó una transición hacia un “socialismo democrático” (la primavera de Praga), apoyado por la mayoría de la población, que los tanques rusos abortaron en agosto de ese año crucial.

En ese escenario sitúa Milan Kundera la trama de “La insoportable levedad del ser” (1984), una de esas novelas que marcan un hito en su época, no solo por su calidad literaria, sino por la profundidad del retrato una sociedad checa cada vez más urbana y moderna.

El historiador inglés Eric Hobsbawm, en su monumental “Historia del siglo XX”, sostiene la interesante tesis de que las luchas de los movimientos sociales y políticos de finales de los 60 en Europa y EE.UU., fueron realmente mucho más sociales que políticas, se luchaba por implantar los valores de la sociedad urbana frente a los valores tradicionales de la sociedad rural.  Se perdió la batalla política, pero se ganó la batalla real, la social. Tolerancia, respeto, movilidad social, libertades individuales y sexuales…….son valores de nuestras sociedades urbanas que ahora nos parecen “normales”. Pero no lo eran hace medio siglo.

Kundera nos dibuja unos personajes “modernos”, profesionales cultos de una ciudad fascinante como es Praga. Y profundiza en los aspectos “sociales”, siendo el contexto político (Tomas, el protagonista, pierde su puesto como cirujano por sus opiniones políticas) el escenario de fondo de esta interesante novela. Y el principal aspecto “social” son las relaciones de pareja, la estabilidad, la infidelidad, los celos, o la aventura. Interesante el contraste de los personajes femeninos entre la mujer tradicional, y la que reclama una nueva posición en la sociedad, esa mujer libre que toma decisiones sobre su pareja o su sexualidad sin miedo a la sociedad tradicional, al qué dirán, a su estabilidad económica, porque ya no depende del hombre ni de su familias, ni le importa los comentarios de las vecinas, tías o abuelas.

La levedad del ser, la ligereza y la superficialidad de existir, frente al compromiso y la asunción de responsabilidades. La ética del intelectual, frente a la estética o el hedonismo.

En 1987, Philip Kaufman rueda con los medios de Hollywood la película con el mismo nombre, una bastante fiel adaptación de una novela no fácil de llevar al cine por su complejidad filosófica y psicológica. Película honesta, bien rodada, destaca por sus jóvenes actores, entonces todavía poco conocidos, Daniel Day Lewis, Juliette Binoche o Lena Olin.

La película no tiene la ironía ni las reflexiones filosóficas de Kundera, aunque se sigue muy bien a pesar de las casi tres horas de duración. Criticar al comunismo desde la Norteamérica de Reagan no suena complicado, hacerlo adaptando una compleja novela de un intelectual checo, ya es otra cosa.

Poco tiempo después, en el otro año importante de la segunda mitad del siglo XX, iba a terminar la utopía del comunismo. Uno tras otro fueron cayendo en 1989 el régimen checo, el polaco, el húngaro……..hasta que la misma Unión Soviética se derrumbó en 1991. Acabó entonces el siglo XX corto (que para Hobsbawm empezó en 1914), y empezaba el siglo XXI unos años antes de que el calendario lo señalara oficialmente. Entramos en otro siglo convulso marcado por la irrupción de China como primera potencia global, por internet y los avances tecnológicos, y de momento, porque la humanidad sigue empeñada en seguir creciendo como si el planeta pudiera expandirse al ritmo de nuestra civilización, sin importarnos el cambio climático, el agotamiento de los recursos o la sexta extinción de especies que estamos provocando. Apasionante siglo XXI, aunque empieza a dar bastante miedo.

 

Mariano Baratech

Sociólogo y colaborador de RELEE