Traemos a este post la propuesta que la web Nanowrimo (National Novel Writing Month) hace a sus seguidores: escribir una novela de 50.000 palabras en un mes. En su declaración de intenciones afirman que «valoran más la perseverancia que la artesanía meticulosa» y que «lo ÚNICO que importa es la producción. Es cantidad sobre calidad».

Ahí está el reto. Es complicado, por no decir imposible, saber cuánto se tarda en escribir una novela. No existen normas para ello, y siempre habrá escritores que precisarán de más tiempo que otros. Thomas Mann tardó siete años en escribir La Montaña Mágica. Una minucia si lo comparamos con los 64 (desde los 18 hasta los 82) que le llevó a Goethe completar su Fausto. En el otro extremo se sitúan los Speedy González de las letras. Entre ellos, podemos citar a Chuck Palahniuk, quien tardó apenas tres meses en terminar su Club de la lucha. Un tiempo que le parecería una eternidad —todo es cuestión de con qué se compare— al genial Dovstoievski, quien se sacó de la manga El Jugador en apenas seis días. Claro que el bueno de Fiedor trabajaba bajo la presión de una deuda de juego, lo cual supuso también una ventaja, sin duda, ya que está claro que sabía de lo que estaba escribiendo.

Cada cual tiene su sistema y sus tiempos para escribir, y al lector lo que le importa al final no es el proceso sino su resultado. Poco le aportará saber si el libro que tiene entre las manos fue gestado a lo largo de toda una vida o en el transcurso de unas pocas y febriles jornadas de trabajo. Para nosotros todas las formas son respetables. También la de Nanowrimo,  en la defensa de esa escritura rápida que tanto puede fascinar. Por lo vertiginosa, por lo insensata. Porque es una completa locura y la escritura es un poco cosa de locos.

Escribir deprisa puede aportar una frescura y una autenticidad que difícilmente será capaz de igualar el laborioso trabajo de las múltiples revisiones. Ser un velocista de la escritura puede ser muy útil incluso para aprender a no serlo. En una entrevista televisiva de hace unos años Julio Medem contaba cómo había sido el proceso de escritura del guión de Lucía y el sexo. Primero hizo un primer borrador de “escritura apresurada” de la historia de principio a fin, para luego ya pasar a una fase de concienzuda corrección y detalle. Para un aspirante  a escritor, dejarse llevar por la escritura de arrebato y calentón puede ser una buena forma de sacudirse la pereza y el miedo al trabajo. De adentrarse sin anestesia en la propia historia para luego, una vez resuelto el esqueleto, abordar la laboriosa fase de pulido y correcciones.

Además, una excesiva lentitud en el trabajo puede conducirte a sufrir lo que el pobre (es un decir) autor de de Juego de Tronos, George R.R. Martin. Escritor parsimonioso donde los haya, el éxito le llegó cuando ya llevaba escritos varias de sus novelas, a razón de entre cinco y siete años por volumen. Un éxito inesperado y amplificado hasta la locura por la adaptación televisiva de su obra. Ahora, millones de fans le apremian por tierra, mar y aire para que termine cuanto antes la siguiente entrega de la saga. En primer lugar, para evitar que la serie de televisión ‘coja’ a las novelas. En segundo, no vaya a cometer la impertinencia de morirse antes de concluir su obra y dejar a sus incontables seguidores compuestos y sin final.

Por Ramón Oliver
Colaborador de RELEE