(Palabras que Isabel Cañelles pronunció en la presentación de su libro ‘La aventura existencial de Elmo y Ari’)

La verdad es que me siento hoy de lo más extraña. No sabía si ponerme el vestido de madre o el de hija, el de editora o el de autora, el de profesora o el de alumna. En este preciso instante pugnan tantos roles dentro de mí que estoy bastante confusa. Y digo «pugnan» porque es una verdadera batalla la que tengo en mi interior. Estos días me asaltaban dudas como: ¿qué derecho tengo yo a usar a unos niños —a mis propios hijos— para promocionar un libro? o ¿qué supondrá para la psique de Elmo y Ari que su madre se dedique escribir sobre sus intimidades y además las publique y además sean ellos las que las presenten? ¿De cuántos años de terapia futura estamos hablando? Y cosas así.

En la familia tenemos una broma interna que tiene que ver con Elmo. Sería como el lema de Elmo, y es: «Siempre al límite». Siempre al límite, Elmo, ¿eh? Lo podéis ver por los resultados: Elmo con muletas durante tres semanas. El otro día Elmo y Ari iban manteniendo una conversación al respecto por la calle, mientras Elmo avanzaba a duras penas con las muletas.

—Es que te gusta el peligro, Elmo —dijo Ari—, y al final estás fastidiado sin poder moverte apenas por eso.

Y Elmo le contestó:

—Así es la vida. Es mejor arriesgarse y caerse que estar ahí sin atreverse a nada nunca, como tú.

—Pues no creo que haga falta hacerse un esguince para vivir —concluyó Ari.

Por supuesto, al escucharles a ellos me parecía estar escuchando mis propias voces internas. Yo, como Ari, tengo mucho cuidadito con dónde pongo los pies, pero soy una kamikaze como escritora. Así que «Siempre al límite» es también mi lema, y no solo el de Elmo. Disfruto horrores moviéndome en las fronteras entre realidad y ficción; y también me cago de miedo. Porque me doy cuenta de las implicaciones REALES de mis juegos con la ficción. Y no solo me tiro yo de cabeza en mis experimentos, sino que arrastro a los que tengo a mi alrededor.

Igual me deberían meter en la cárcel por ello. O igual mis hijos me lo agradecerán de mayores.

O igual las dos cosas a la vez.

Esa paradoja, ese permanente conflicto interno, es el que me mueve a escribir desde siempre. No escribo para constatar lo obvio sino para tocar la herida en carne viva. Por algo se llama «carne viva» y no «carne muerta». A mí, desde luego, tocar donde duele es lo que hace que me sienta viva, como a mi hijo Elmo. Y, desde ahí, trato de curar el esguince con mis herramientas, que son las palabras.

Entonces, cuando comencé a escribir estos pequeños diálogos con mis hijos fue por eso, por lo que me dolía vivir. Por mis paradojas como madre. Porque no tenía tiempo ni espacio mental para escribir sobre otros temas. Ser madre era demasiado para mí. Y a la vez no era suficiente. Quería saber. Quería saber qué era lo que me dolía, y cómo podía ser que lo mismo que me dolía a rabiar fuese tan prodigiosamente bello y tierno.

Esa mezcla de dolor y ternura es lo que creo que muestra este libro, es la doble mirada un poco estrábica desde la que se observa el universo infantil para, a través de los niños, apaciguar la incomprensión, aceptar la paradoja, tratar de trascenderla. Vivir de verdad duele (y si no, que se lo digan a Elmo). Y, a la vez, los esguinces se curan con amor.

Y eso es para lo que me gustaría que sirviera este libro. Para curar las heridas de la vida. Tomaoslo como una venda. O como unas muletas. O como una medicina.

Este no es un libro para niños. Porque los que tenemos la herida somos los adultos. Los niños son más bien la venda. Pero yo (arriesgándome a partirme la crisma una vez más) he querido incluir a los niños en este acto. Al fin y al cabo ellos son los artífices, los maestros en este caso. Los niños están acostumbrados a que los ninguneemos y a que nos aprovechemos del poder que tenemos sobre ellos; a que los excluyamos de lo que no consideramos «apto» para su sensibilidad y, de paso, aprovechamos para excluirlos de lo que nos da la gana; a que nos atribuyamos toda la importancia y el mérito incluso con respecto a su existencia, bajo el barniz hipócrita de que ellos son lo más importante.

Este acto tiene algo de reivindicación. Ellos también tienen mucho que enseñarnos (muchísimo más de lo que nos imaginamos). Y aquí, en este libro, está la prueba palpable de ello. Así que hoy, ellos son los protagonistas y los que nos ofrecen esta suerte de «medicina» a todos los adultos que estamos aquí. Elmo y Ari, pues, serán los que firmen los ejemplares. Y quiero agradecerles, no solo a ellos (porque Elmo y Ari no son más que los portavoces de todos los niños del mundo), sino a todos los niños que han venido, y también a todos los que no han podido venir, que sean tan listos y tan lúcidos y tan amorosos y tan tiernos y a veces también tan crueles. Porque todo eso es justo lo que necesitamos sus padres y sus madres.

Por último, también quería agradecerle a Beatriz de Pedro (que además es la madrina de Elmo) las preciosas ilustraciones que ha hecho… Ya solo por ellas merece la pena comprar el libro, os lo aseguro. Y gracias también a Pedro López por la maquetación, importantísima en un libro de estas características, y que ha sido un largo proceso con miles de sorpresas hasta el último segundo, pero finalmente exitoso. Y a Clara Redondo por su implicación y por el hecho de acompañarme hoy aquí, porque sé que no le gusta nada hablar en público y lo ha hecho por mí. Y a todo el equipo de RELEE, sin el cual sería imposible que este libro estuviera hoy aquí, tan bonito, pero con tantísimo trabajo y esfuerzo detrás…

Muchas gracias de corazón.

Podéis adquirir el libro a través de la TIENDA de Relee. También os animamos a que os hagáis suscriptores del servicio RELEE+ a través de la oferta de lanzamiento (válida hasta el 22 de diciembre), ayudándonos así a sostener y difundir este bello proyecto de escritura y lectura en comunidad.