En el capítulo anterior, a propósito de mecánicos de narrativa, lenguas y otros fetiches:

Entendiendo en pocas semanas como los minutos que resten hasta el The End-banderazo del juez de meta. Entendiendo con la punta de la lengua como los dos extremos de un palier oxidado.

Entradilla, títulos de crédito, sintonía. Dentro.

Coches y cine. Truck movies. Motos y palomitas, ocasionalmente, solo en circunstancias de extrema necesidad. Road movies. Ambientador barato y remolques. Buddy movies. Cine y coches. Sidecar y mobiola. Motorpsycho. Zoom y bujías. Tubos de escape y objetivos ojo de pez. Loca evasión. Frenos rotos, coches locos. Supervixens. Faster Pussycat, Kill, Kill. Tura, mátalos. Kitten Natividad, ¿quieres casarte conmigo? Admito un cuando las ranas críen pelo por respuesta; si me lo exiges, me tatúo el careto de Rouco Varela en la nalga izquierda.

Berlinas, convertibles, sedanes, monovolúmenes, utilitarios… Bugas, pototos, cacharros, huevos, carracas, tartanas, cirilas, leucocitos, tanquetas… Al verlos pasar por las avenidas, se intuye la mano del técnico de efectos especiales; imagino planos a ras de carretera secundaria, grandes angulares de retrovisor, luces de intermitente colgando de las nubes de trampantojo, faros halógenos como pupilas de animé, escualos de asfalto que engullen puntos de vista a cámara super lenta, reflejos de ruido y pintura metalizada en las esquinas de la lente; polizones secundarios de la puesta en escena cotidiana.

Cuando se alejan, leo las matrículas; de pequeño, era capaz de averiguar la antigüedad por la numeración. 7421-GWM, 5248-H?… ese se me ha escapado por un pelo. Desde el cambio a la normativa europea, titubeo; no es un secreto que, con los años, se pierde agudeza visual.

Dentro de mi cinco puertas, soy yo mismo, canto, hablo con los altavoces, grito; a veces me adormezco; observo lo que queda más allá de la luneta llena como si no estuviera sucediendo; estoy en el cine; la búsqueda de sentido, al ralentí; soy la pieza que aporta emociones a la maquinaria, el componente perecedero, el punto débil de la serie de manguitos y relés, especialista de corcho, una metáfora de situación del deterioro de la carrocería, de la quinta puerta, que conduce al sótano del maletero: trapos sucios, pulpos de atar, garrafas de lubricante, baterías sin carga, bombillas fundidas, rueda de repuesto, ropa de repuesto, interpretaciones de repuesto, amigos de repuesto, Tura Satana de repuesto, alma de repuesto.

A menudo, mientras voy o vuelvo del trabajo, se me pasa por la mente cruzar la mediana e invadir a ciento cuarenta los carriles contrarios. ¡Banzai! No hay de qué preocuparse. Son fantasías maduras. Pertenecen en exclusiva al universo cinematográfico, al velódromo de emociones no vividas, que junto a otras referencias de los tebeos, de la televisión y de las novelas conforman mi canon de (auto)destrucciones ficticias; sin olvidar la música. Drive my car into the ocean, Way of Mutilation, The Pixies.

Libro mayor de accidentes soñados. Entrada 36: Conduzco una hormigonera por una comarcal, primavera, hora: cualquiera entre las dieciocho y el ocaso, llevo mitones, gorra de chotis y gafas negras; veo un microbús que avanza en perpendicular hacia la intersección que me aguarda quinientos metros por delante; acelero derecho al cruce; me salto el stop; los perfiles de los pasajeros quedan expuestos durante una fracción de suspiro; ninguno se percata de la amenaza, tan alegres, tan confiados; embisto por la zona del eje trasero; el impacto no desvía mi trayectoria; choque inelástico en lo que me concierne, toda la deformación la aportan ellos. Me detengo en medio de un campo de trigo; me quito las gafas, la gorra y me apeo de la cabina; sigo las roderas en el pasto hasta la calzada; niebla de espigas, enjambre de insectos que sobrevuela el hogar ultrajado. En el arcén, peinetas y botines y bridas de acero y sombreros cordobeses y una matrícula que no es la mía, piezas de motor amputadas y castañuelas flotando en masa encefálica y gasoil; un manto de faralaes cubre el asfalto, dedos congelados en filigranas de danza entre lunares y manchones de sangre y aceite; el microbús transportaba a una compañía de sevillanas. Mírala cara a cara que es la segunda. Miro cara a cara, alquitrán a alquitrán, aunque en morfeoscope. No hay supervivientes, salvo un par de guitarras y una cajita de rapé que contiene pestañas postizas. Me guardo las pestañas. Oigo las pasadas de la avioneta que fumiga las parcelas, cada vez más cerca. Echo a correr hacia el crepúsculo rojo labios de tonadillera.

He tenido percances, pero nunca adrede ─quiero creerlo─. Sin el cine, en cambio, no sé lo que hubiera sido de mí. Quizás una noche habría puesto punto muerto y separado las manos del volante en alguna de las rampas de cualquier puerto de montaña ─entrada 18─, ale hop: el zumbido del viento a través de las llantas, el estruendo del impacto contra el pretil, el vértigo del vuelo, los rebotes, el aterrizaje forzoso, el dolor que el cerebro no registra, que traduce como confusión, lejanía o frío; la calma al detenerse por fin las ruedas en el chasis panza arriba; la sonrisa de actor de tercera en el espejo lateral al contemplar cómo la sangre se congela al segundo de abandonar mi cuerpo.

Aviso a conductores curiosos: las entradas 40 y 52 tienen que ver con payasos augustos y Lamborghinis; la 66, con limusinas, monjas de la orden del Carmelo, Gina Lollobrigida, Jack Kerouac y aquelarres.

Películas: mi airbag, mis frenos ABS, mi control de tracción, mis barras anti vuelco, mi dirección asistida, mi control de estabilidad, mis amortiguadores activos, mi avisador de cambio de carril involuntario, mi detección de ángulo muerto, mi asiento eyectable, mi cinturón de seguridad con anclaje en cuatro puntos: Sur, Norte, Oeste y Este del Edén. (Los ángulos vivos, omnipresentes, como la niebla carbónica en un largo de Roger Corman).

  1. P. R. A. A. (asociación de personas en riesgo de (auto)mutilación anónimas); si alguien está interesado, puedo proporcionarle el contacto. Los visité de incógnito y fueron muy ambles. Disponen de un museo de simuladores como los que había en las autoescuelas en los setenta.

Continuará…

 

César Sánchez

Autor de “De Vicio”