Desde siempre me ha atraído Alemania, a pesar de los duros recuerdos que en toda Europa levantaba ese país durante muchas décadas del siglo XX. La lectura de pensadores como Marx, Engels, Nietzsche, Reich, Fromm o Habermas, y de escritores premiados con el Nobel, como Mann, Bölh, Hesse o Grass, marcaron mi juventud, y la de muchos jóvenes españoles en los 60 y 70. Alemania es, junto con Francia, el centro del pensamiento europeo desde la Ilustración. Siento también atracción por la cultura rusa y la italiana, pero nunca me he sentido cerca de Inglaterra, salvo por su música, claro. Y últimamente menos, después de que los ingleses han votado desanclar esa lluviosa isla de la vieja Europa, y dejarla navegar a merced de las olas del Atlántico.

Günter Grass (1927-2015) es quizás, junto con Böhl, el escritor más influyente de Alemania en la segunda mitad del siglo XX, y desde luego, uno de mis escritores europeos favoritos. A finales de su vida publica una gran obra, “Mi siglo”, siendo sus mejores novelas “El rodaballo”, y la primera que escribió, “El tambor de hojalata”. Es el último escritor alemán que ha recibido el Nobel de Literatura (en 1999, el mismo año que recibió el Príncipe de Asturias), si no contamos a la rumano-alemana Herta Müller.

Grass es más que un escritor, es un pensador de referencia en la Alemania de postguerra, progresista, comprometido, representó la conciencia de esa Alemania que se sentía culpable por desencadenar las dos guerras mundiales. En sus últimos años suscitó una gran polémica por haber declarado que a los 17 años formó parte del brazo de combate de las Schutzstaffel, la temible unidad paramilitar a las órdenes de Himmler.

Oskar, el protagonista de “El tambor de hojalata”, nace en 1924 con su inteligencia desarrollada, y al cumplir tres años decide dejar de crecer. Ese día le regalan su primer tambor, que no dejará de tocar, y que le acompañará durante toda su vida. A través de este singular personaje, al que su tambor le permite conocer situaciones que no ha vivido, Grass nos da una visión despiadada de la Alemania de los años de entreguerras y la segunda guerra mundial, plena de ironía y sentido del humor (alemán).

Es una obra muy ambiciosa, imaginativa, frenética, que obtuvo una rápida aceptación de crítica y público en una Alemania a la que le costaba despegarse de la pesadilla totalitaria.

La película que rodó en 1979 Volker Schlöndorff con el mismo título, no deja precisamente indiferente. Larga, compleja, densa, es una cinta para amar o para odiar. Cuando la vi, al poco de estrenarse, ya había devorado la novela, y la disfruté como solo se disfrutan las grandes películas que duran casi dos horas y media pero se te hacen cortas. Eso hoy en día serían tres capítulos de una serie de televisión, antes de que existiera internet se aguantaba ese tiempo y más en una sala, embobados ante la pantalla.

Schlöndorff no se amilana ante el enorme reto de llevar esta gran novela a la pantalla, jugando con diferentes estilos, desde el cine mudo, al realismo mágico, los relatos infantiles y las fábulas. Utiliza la voz en “off” del protagonista para pasearnos por escenas realistas o esperpénticas, trágicas, amargas o cómicas. O para sumergirnos en pasajes costumbristas de las familias alemanas de primeros del siglo XX.

Oskar representa las dos caras del pueblo alemán, el nazismo y el antinazismo. Rechaza a la sociedad pasiva ante el totalitarismo y la intolerancia, pero también representa el carácter despótico, cruel y torturador del nazismo. Es un ser egoísta y destructivo, que puede pasar por encima de cualquiera para conseguir sus objetivos.

En 1979, El tambor de hojalata ganó junto a Apocalypse Now la Palma de Oro de Cannes y el Oscar a la película de habla no inglesa.

La película termina igual que empieza, en un campo de patatas, enviándonos un mensaje muy claro, que suena profético en la Europa de 2017. Ojo, que la historia se puede repetir.

 

Mariano Baratech

Sociólogo y colaborador de RELEE