En el capítulo anterior:

Recuerdo las anécdotas, cortometrajes en mi cabeza.

Entradilla, títulos de crédito, sintonía. Dentro.

Mad Max, Duel, Perros callejeros y, por fin, Crash. Fluidos seminales abrillantan salpicaderos y embellecedores. Palancas de cambio y frenos de mano: priapismo entre asientos delanteros. Las lenguas entrenadas son capaces de hacer saltar las cerraduras de las guanteras: la punta se incrusta en la ranura, el músculo se retuerce en busca de las claves del giro maestro, el cromo lame las papilas.

Después de verla, decidí que pospondría unos meses más lo de sacarme el carné. Instinto de supervivencia; era más fácil comprar una entrada. O de otro modo: si te atrae el precipicio, mantente a un kilómetro del borde.

Igual que a Montgomery Clift, Paul Newman, James Dean y Steve Mc Queen, a Cronenberg le chiflaban los coches. En 1979 dirigió Fast Company, una obra que solo por su protagonista, William Smith, el Falconetti de Hombre rico, hombre pobre, debería contar entre las mejores del canadiense.

Max Renn ─interpretado por James Woods─, nombre que hace referencia a un trastorno de la percepción relacionado con la velocidad extrema ─eso creo, pero no me hagáis mucho caso─, el anti héroe de Videodrome, convertía su estómago en un reproductor de vídeo; el cuerpo, circuito donde los bólidos del inconsciente derrapan y se salen de pista en las curvas de la psique, células configuradas en chicanes de banda magnética. Intestinomatógrafo.

En su adaptación de la novela homónima del genio inglés, eterno inadaptado, alcohólico adicto a la medicina, elevaba su amor por los carburadores a la categoría de fetichismo fílmico, sin prescindir de las lentillas de látex que le caracterizan.

Rosanna Arquette junto a un Cadillac sedán azul marino, tapicería de cuero, medias hasta las rodillas, prótesis en las piernas que anulan el juego de las articulaciones, abre la portezuela, se sube la falda de vinilo, intenta sentarse, no lo consigue por mucho que se esfuerza, me mira, ‹‹¿Me ayudas a montar?››, rebobino, Rosanna Arquette junto a un Cadillac sedán azul marino, tapicería de cuero, medias hasta las rodillas, prótesis en las piernas que anulan el juego de las articulaciones, abre la portezuela… rebobino, Rosanna Arquette, prótesis en las piernas, me mira, ‹‹¿Me ayudas a montar?››. Rebobino. Me mira. Rebobino. Podría pasarme años rebobinado esa escena.

Ballard y Cronenberg, los profetas de la pasión despasionada.

Años noventa. Torrejón de Ardoz. Mes de julio. En verano, hago portes para pagarme las juergas. Todavía no he descubierto a mi Rosanna Arquette, aunque estoy seguro de que tarde o temprano colisionaré con ella. Aparco el Land Rover nueve plazas de tercera mano en un solar vallado, entre un Renault Fuego y un Talbot Horizon. Deslizo las ventanillas correderas. Cinedis, Movierecord, anuncios de saldos de muebles de cocina en almacenes de Alcalá de Henares. Me siento como John Milner en American Graffiti; Buddy Holly acaba de morir hace apenas cinco décadas. Un Milner alcarreño, poligonero. Ocho respaldos de escai vacíos.

Habitáculos de automóvil, salas de cine al alcance de cualquiera. Luces testigo, butacas-asientos, pantalla-parabrisas, lo de dentro y lo de fuera, en contacto distante, el destino: aquello que se disuelve en la profundidad de campo. La voz del doblador de Mel Gibson retumba en el cielo nocturno. Mientras Tina Turner arenga a sus fieles, sueño despierto con coches sin gente en el autocine; el ojo se mira a sí mismo.

Hace tiempo, ayer, entendiendo por ayer cualquier día distinto de hoy o mañana, aquí, entendiendo por aquí el polígono industrial de Coslada, escribí un relato que comenzaba como la primera parte de este texto: Sospecho que a Ballard, en el fondo, los coches no le hacían mucha gracia. El delirante protagonista, de mi edad, en los cuarenta, aunque más desesperado, una síntesis de laboratorio de James Spader y Paco Costas, robaba un Citroën DS, el tiburón francés, aceleraba al máximo ─marcha corta, siete mil revoluciones por minuto─, embestía las puertas del Palacio de la Prensa, derribaba entre cascotes la pared de la sala a oscuras, donde se reponía Grand Prix, atravesaba a noventa por hora el pasillo arrancando butacas ─oleaje de astillas, miradas de pavor y moqueta al paso de un carguero─, se incrustaba en la pantalla, gas a fondo, y atropellaba a James Garner ─no sé que tenía Maverick que me daba repelús─; el cine como meta accidente.

A consecuencia del siniestro, en realidad, un choque frontal contra una furgoneta de reparto de material fotográfico, qué oportuno, sus retinas quedaban pulverizadas. Cito textualmente: Como si tiraras dos espejos desde la azotea del edificio Madrid.

Tras la convalecencia en el hospital ─lo normal: ceguera, hematomas, quemaduras de segundo grado, vértebras comprimidas y síndrome de estrés postraumático─, contrataba lazarillos a fin de que le acompañaran a las sesiones golfas y describieran al detalle lo que sucedía en la mancha de claridad multifacética. Así, conocía a la que se convertiría en su Luis Moya femenino, el copiloto perfecto cuando se trata de sortear cortafuegos y melodramas, de vadear falsos documentales, torrenteras y glaciares. ‹‹Carlos, por Dios, trata de arrancarlo››. El sacrificio del alterego cinematográfico redime al espectador asesino. El resplandor al final de túnel interior. El cine como salvación; una historia de amor, romanticismo a la americana. Qué asco.

Mi mecánico de narrativa me convenció de lo que ya me olía, de que el relato de marras estaba gripado. Ahora, aprovecho partes de él, párrafos de los inyectores, puntos suspensivos del eje, signos del alfabeto que los neumáticos estampan en el macadán, el líquido de frenos como tinta de impresora. Me comporto como un operario de desguace novato.

En pocas semanas, aprenderé a abrir guanteras de ficción con la punta de la lengua. Entendiendo en pocas semanas como los minutos que resten hasta el The End-banderazo del juez de meta. Entendiendo con la punta de la lengua como los dos extremos de un palier oxidado.

Continuará…

César Sánchez

Autor de “De Vicio”