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Agrigento, el templo de la conconrdia Silicia

Agrigento y el Valle de los dioses

Autora: Matilde Tricarico. 

El autobús nos deja en un descampado, el suelo de grava me empieza a molestar por las sandalias, completamente inadecuadas para el Valle de los Templos. Estamos en Agrigento, después de veinte años, estoy aquí, en su tierra, y los recuerdos solo son bonitos. Me gustaría volver a verle. Mi primer amor era siciliano, de Agrigento. Guapo, alto, rubio y con ojos azules, parecía un danés. Hacía la carrera militar y el uniforme con botones dorados le hacía brillar más. Casi me hacía gracia ver cómo miraba a los demás chicos cuando se acercaban a mí. Un día se puso furioso porque llevaba una minifalda. Me quería solo para él, solo él tenía que mirarme. Todo me parecía normal, incluso me hacía sentir deseada hasta que un día le vi tomar la matricula del taxi que me recogió. Si se propasaba conmigo, lo mataría, me dijo con una mirada vidriosa.  Me dio  miedo, no era una broma. Tuve que dejarle y no fue nada agradable. Me suplicó, lloró, yo solo quería escapar.

Me quería solo para él, solo él tenía que mirarme.Todo me parecía normal, incluso me hacía sentir deseada hasta que un día le vi tomar la matricula del taxi que me recogió. Si se propasaba conmigo, lo mataría (…)Me dio  miedo. Tuve que dejarle y no fue nada agradable, yo solo quería escapar.

Una piedrecita se acomoda entre el pie y la sandalia derecha. Me apoyo a un árbol para quitarla mientras la guía hace la cola para que podamos entrar. Por lo visto hoy hay más afluencia de visitantes.  Empezamos a subir una cuesta bajo el sol de septiembre que pega como si fuera julio.  Ni sombreros, ni abanicos, el calor es sofocante. Se nota el perfume de un pino. Un grupo de mujeres vestidas con túnicas blancas y una corona de laureles ríen. A pesar de conocer el italiano no las entiendo. Parece que estamos en la Magna Grecia. Los olivos milenarios a lo largo del paseo nos acompañan hacia los templos. Olivos con un tronco tan grande que parece el cuerpo de un gigante sosteniendo los ramos. Cipreses, almendros y arbustos de alcaparras. Nos acercamos al templo de Hera, la mujer de Zeus, con la luz del sol reflejándose en sus columnas parece de oro. Casi me deslumbra.

Me quedo atontada por tanta belleza, el síndrome de Stendhal en Sicilia. La guía habla sin parar de la breve historia que ha aprendido, llegan hasta mi oído las palabras: dóricas, basamento, altar. No quiero escuchar nada, se me olvidará en cuando llegue al hotel. El sol me quema la nuca. A ratos veo destellos blancos, me acuerdo de beber, el agua ya está caliente.

Los abanicos multicolores de las mujeres me recuerdan a la cola de un pavo real al abrirse. (…) “Cuidado con los hombres, son todos traicioneros”

Los abanicos multicolores de las mujeres me recuerdan a la cola de un pavo real al abrirse. ¿Y si le encuentro ahora? No le reconocería. Habrá cambiado, tendrá muchos hijos como se usa en el sur de Italia, se habrá quedado calvo como su padre.

Miro alrededor sobrecogida, el paisaje, el entorno, el verde, el color amarillo dorado de las columnas de piedra que se confunde con el ocre quemado de la tierra.

Los templos están tan bien conservados que me transportan a la época de la Magna Grecia.

Y una voz me susurra “Cuidado con los hombres, son todos traicioneros”. Doy un respingo y veo una sombra alargada con una corona de flores en la cabeza.  Fui yo la que le dejó, la voz de Hera tendría que saberlo. El calor o la emoción me están jugando una mala pasada. Recuerdo capítulos de la Odisea, de cuando el profesor de griego nos obligaba a traducirlos al italiano. Ulises a quien los dioses habían castigado a un largo viaje. La guía me llama, no le gusta que se alejen de ella, hay demasiados turistas.  Desde el sombrero gotea una raya de sudor que retiro con la mano.

Él me enseñó a comer los helados. No se conformaba con cualquiera, cuando vengas a Sicilia, me decía, verás la diferencia.(…) Escucho otra voz,  “te odia”.

En el parque, árboles de todos los tipos traídos a Sicilia durante las varias dominaciones, higos chumbos de México, pistachos de África, olivos de Grecia y alcaparras árabes. Por eso la cocina siciliana es tan rica en olores y sabores. Él me enseñó a comer los helados. En las tardes romanas recorríamos todas las heladerías en busca del helado al pistacho perfecto. No se conformaba con cualquiera. Cuando vengas a Sicilia, me decía, verás la diferencia, la textura, el sabor.  Al pasar por el templo de Zeus escucho otra voz, más profunda “te odia”.  Me estoy volviendo loca, nunca había escuchado voces, no quiero pensar. Están lejos, no puedo correr, respiro despacio. Cuando llego al templo de la Concordia me mezclo con ellos, sonríen, la guía nos distribuye en circulo y empieza a hablar. Yo miro el templo, perfecto, simétrico, una joya y pienso que ya no quiero encontrarlo. Eso sí, comeré un helado al pistacho en cuando lleguemos a la ciudad.

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1 comentario en “Agrigento y el Valle de los dioses”

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