El aprendizaje de la escritura es un proceso complicado lleno de espejismos, porque estamos trabajando con algo tremendamente intangible en lo que hemos depositado no solo implicación y tiempo, sino esperanza, ilusiones, deseos, etc. Hay que ir tanteando, poco a poco, dejando pasar las emociones y los días. De nada sirven las prisas ni la impaciencia. De nada sirve aseverar que es demasiado tarde para escribir. Ni tampoco lo contrario, que escribiremos aunque tengamos que pasar sobre miles de cadáveres.

Creo que en esta herida siempre abierta de la necesidad de escribir más vale vivir al día, tratar de llegar a un acuerdo con la realidad, hacer lo que podamos, no paralizar nuestro deseo, ni tampoco forzarlo. No hace falta firmar con sangre «Escribiré» ni «No escribiré». Si lo necesitas, lo harás, sacarás el hueco como puedas. Si no, prescindirás. Lo bueno de la escritura —y esto no pasa con otras artes— es que los años, siempre que vivamos conscientes, acrecientan nuestro caudal. La experiencia, las situaciones, la evolución de la conciencia, las piruetas de la memoria, todo esto no se pierde, es material siempre válido.

Claro que hay técnicas que aprender, pero el aprendizaje es veloz si nadas a su favor y muuuuuy lento si lo haces contra él (y en ello nos empeñamos en muchas etapas de nuestra vida).

Isabel Cañelles

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