Asisto preocupado –y un poco alucinado– a toda la cohorte de profetas y agoreros que afirman preocupadísimos que “los niños cada vez leen menos”, “los niños se están quedando tontos” y “los bebés de hoy son los analfabetos del mañana”.

La preocupación de los aúgures proviene, aparentemente, de que los niños de hoy ya no leen gruesos volúmenes de Julio Verne sino que pasan su tiempo entretenidos con tabletas y teléfonos, adocenando sus cerebros, idiotizando su materia gris y condenándonos a sus mayores a un mundo de dolor y jubliaciones tardías.

Dejénme que aclare algo: no tengo ninguna vocación paternal. De hecho, tengo cita para una próxima vasectomía y, en lo que a mi ADN se refiere, no dejaré una legión de mini-Bartolomés por el mundo. Así que no busquen en este artículo una defensa de mi propia descendencia porque no hay ni habrá nunca semejante cosa.

Lo que pasa es que yo me crié rodeado de tebeos, televisión en color y los primeros vídeojuegos. Y nunca adivinarán lo que decían los adultos de la época. Justo. Que los niños que habíamos crecido con acceso a una programación creciente de televisión, a una abundancia hasta entonces insólita de tebeos y a los primeros vídeojuegos íbamos a ser los analfabetos del mañana, íbamos a ser incapaces de leer dos páginas seguidas en nuestra edad adulta y, desde luego, les íbamos a condenar a gestionar nuestra vida hasta bien avanzada su tercera edad porque íbamos a ser más tontos que Abundio.

Incluso recuerdo a mi madre que, preocupada al verme releer un Asterix por octava o décima vez, me decía –Jaime, ¿Por qué no empiezas a leerte un libro en lugar de volverte a leer ese tebeo tantas veces?

¿Les suena, verdad?

Estoy segura de que a ella se lo dijeron sus padres cuando la vieron hojear un TBO o un Pulgarcito y a nuestros comunes antepasados romanos se lo dijo alguien que comprobó, horrorizado, que sus hijos ya no jugaban con los dados o tabas y preferían el ephedrismos que, como todo el mundo sabe, fue el comienzo del fin de la civilización romana.

Lo que quiero decir es que la humanidad lleva horrorizándose ante las formas de ocio de las generaciones venideras desde que es humanidad. Y sí, eso incluye nuevas formas de narrativa como los comics, los videojuegos o la world wide web. Y, desde luego, el primer monje que leyó una novela de Cervantes debió pensar con horror que, ante vulgaridad, se avecinaba el fin de la cultura tal y como él la concebía, pero –oh, sorpresa– aquel monje no podía estar más equivocado y resulta que la novela, a día de hoy, es una forma elevadísima de cultura.

De la misma manera, nuestros padres no concebían en 1980 que con 40 años seguiríamos consumiendo comics o que se publicarían genialidades como Here de Richard McGuire. ¿Por qué? Porque, como al monje del párrafo anterior, les faltaba perspectiva para juzgar con una cierta ecuanimidad. Así pues, dejemos de pensar que el niño que usa tabletas deja de leer comics para siempre; que el niño que lee comics deja de leer novelas; que el niño que lee novelas deja la Biblia, la Ciencia o la Filosofía para siempre.

Al final, es muy probable que termine habiendo videojuegos excelentes y otros mediocres; comics excelentes y otros mediocres y, en última instancia, niños con más criterio que se convertirán en adultos con criterio y otros niños que se convertirán en… Bueno, tampoco le demos más vueltas. Todos podemos intuir en qué se van a convertir esos otros niños y, aunque leyesen novelas, seguro que terminaban leyendo algo que también les parecería mal a los profetas y a los agoreros. ¿O no?