Un escape tóxico amenaza a toda una ciudad. Jack Gladney, el inolvidable personaje de Don DeLillo en Ruido de fondo, se interesa por una palabra que aparece en el brazalete de uno de los operarios responsables de la evacuación. «¿Qué significa SIMUVAC? Suena a algo importante». El hombre, aséptico y con la desafección de un diccionario, le contesta enseguida. «Es una abreviatura de evacuación simulada, un nuevo programa estatal que aún andan luchando por poder financiar». «Pero esta evacuación no es simulada. Es real.», replica Gladney sorprendido, como si no entendiera del todo. El pasmo, su alarma, crecen cuando el hombre afianza (o, mejor dicho, despeja) esa sospecha. «Lo sabemos, pero pensamos que podríamos servirnos de ella como modelo». Ajá, no es un error; lo saben. «¿Como una forma de práctica? ¿Me está diciendo que han aprovechado un acontecimiento real para ensayar una simulación?».

En la novela de DeLillo, el simulacro aparece como reemplazo de la realidad, como trasunto experimental de un hecho tangible y evidente. Es, en otras palabras, un tratamiento sintomático de la sociedad posmoderna que, atiborrada de placebos, ha de aliviar sus dolores con agua. La vida se ha convertido en una habitación cerrada cuyos tabiques se llenan poco a poco de grietas que nadie ve. Las fisuras se ensanchan mientras ninguna mirada se levanta lo suficiente como para pronosticar un derrumbe; si no me duele, no es.

Pero el símbolo, la paradoja, también nos invita a recorrer otros territorios. Toda literatura es y será un simulacro. Escribir una historia implica siempre un ensayo, una impostura práctica que se organiza entre la urdimbre de lo real no tanto para reflejarlo, sino para servirse de su naturaleza como modelo. Sí, todo parece del revés: la ficción es acaso un actor que utiliza la realidad como un molde en el que derramar su arcilla. El experimento literario no se hace, pues, con gaseosa.

Gracias a Antonio Tabucchi, el Pereira al que todos deberíamos mirar de vez en cuando sostiene tantas cosas. Entre ellas, ese bartleby del Portugal de Salazar recuerda unas palabras de su tío. «La filosofía parece ocuparse solo de la verdad, pero quizá no diga más que fantasías, y la literatura parece ocuparse solo de fantasías, pero quizá diga la verdad». Así es: la novela, el cuento, tejen prendas imaginadas con las que vestirnos ahí fuera y dejar de estar verdadera (y simuladamente) desnudos. De nuevo el ensayo para manejar el hecho.

Las letras están llenas de simuladores, de empecinados inventores cervantinos que emprenden pruebas en las que la vida, su vida y también la nuestra, se convierte en materia de laboratorio. Durante una conversación en su casa refugio de la Avenida de América, Juan Carlos Onetti le pregunta a Francisco Umbral (su entrevistador aquel día de 1984) por la veracidad de sus memorias. «Todo verdad», contesta un Umbral muy Umbral. Imaginamos que los ojos abultados, el cabello lacio y escaso, la boca desdentada de Onetti debieron de moverse lentos entre el humo de su cigarrillo para apuntar «qué verdad más bien mentida». Tras una referencia de Umbral a un verso de Machado, el escritor uruguayo responde, sentencia, cierra: «Literatura es eso: mentir bien la verdad». Hacía más de treinta años que un mentiroso llamado Brausen había simulado una cosa llamada Santa María en La vida breve.

Todo escritor (y escritor es aquel que escribe, no lo olvidemos) imposta, explora, falsifica, descoloca, sondea y avanza a tientas entre una bruma en la que nada importa más que la mirada. Y es que de eso se trata: a nuestro alrededor todo tiene grietas, surcos que crecen por las paredes y terminarán tarde o temprano con un cascote de yeso sobre el suelo cuando dos de ellas se encuentren. Acaso nadie sabe repararlas, pero puede que eso no importe tanto como la habilidad que se adivina a quien levanta una historia que parte del mirar para convertirse en un maravilloso, imprescindible salvoconducto en forma de simulacro.

(Texto adaptado del prólogo escrito para “Grietas”, antología de Ítaca Escuela de Escritura).

Jesús Barrio

Autor de «Lo que no está»