No soy muy partidaria de acudir a referentes norteamericanos cuando tenemos otros con los que se puede identificar más fácilmente el lector español. Me dan bastante por saco algunas nuevas tendencias de situar las historias en EE UU para camuflar con fuegos artificiales, muchas veces, la ausencia de un sentido profundo en lo narrado —o para marcar la reiteración de formatos y contenidos ya explotados por otros con mayor eficacia—.

Situar la acción en una nave espacial del futuro, en los EE UU, en Praga o en la Guerra Civil ha de tener una sólida razón narrativa, como puede ser descuadrar al lector, situarle en unas coordenadas extrañas que permitan destacar determinados aspectos con los que sí se sienta identificado. Pero esto no ocurre con los referentes norteamericanos, que conocemos ya demasiado bien y casi se han convertido en un tópico literario y cinematográfico para todos los países del mundo. Si la muerte de Kennedy tiene una repercusión en la trama particular de nuestro relato, la cual, unida al tipo de vida de la clase media americana, aporta consistencia a la narración, tenemos una razón para situar la acción en Norteamerica y no en Las Rozas, por poner un ejemplo. De otro modo, preguntémonos el porqué de la elección de nuestro escenario. No valen respuestas del tipo «Es más cool».

Isabel Cañelles

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