Cuando descubrió que la Tierra era púbica, que se contoneaba en vez de girar, que se trasladaba alrededor del sol, año tras año, en un cuerpo femenino, el hombrecillo que la habitaba la quiso controlar. Ahora que por fin tenía nociones claras del cosmos -al menos de la parte que a él le correspondía-, no podía permitir que se le desmadrara.

Intentó someterla yendo hacia el norte, para detener los dos brazos que parecían impulsarla. Pero ocurrió que, cuando llegaba al uno, el otro pendulaba; y cuando llegaba al otro, el uno volvía a pendular.

Entonces descendió para tratar de detener las piernas de la Tierra. Era tal su proximidad que se rozaban entre sí, aunque, claro está, caminaban separadas. Y ocurrió que cuando el hombrecillo llegaba a una, la otra avanzaba; y cuando llegaba a la otra, la primera volvía a avanzar.

Desesperado, el hombrecillo se lanzó en picado hacia el extremo de una de las piernas. Y allí, agarrado con fuerza al tobillo para evitar ser lanzado zancada tras zancada, por primera vez miró hacia el exterior.

Así descubrió que había otras muchas Tierras púbicas andando descalzas sobre un gran cielo oscuro, alfombrado de esas flores que llaman Schwarzkopf… Y que, desde los pies de muchas de ellas, pequeños hombrecillos se precipitaban al vacío incapaces de sujetarse.

Él se prometió no caer. Y, para conseguirlo, se arriesgó a soltarse de una mano, a arrancar una de aquellas flores afrincanas y a clavarla en el empeine de su Tierra para asegurarse. Y, sí, agarrado a ella, se sintió más seguro.

Pero ocurrió que, subido en un pie de la Tierra, aferrado a una Schwarzkopf, el hombrecillo comprendió que sólo había una forma de salvarse: regresar al Monte de Venus del que procedía, plantar allí un jardín entero de Schwarzkopfs, esperar a que crecieran fuertes… y usarlas como bridas para domar a la Tierra como haría con un caballo.

Así lo hizo. El hombrecillo se armó de valor. Saltó sobre el dedo meñique del pie derecho de su Tierra púbica. Se colgó de él boca abajo. Extendió ambas manos. Y arrancó una flor tras otra, con sus tallos y todo, hasta que consiguió armar un gran ramo de Schwarzkopfs. Después, sin mirar hacia abajo y sin pensar demasiado, corrió pierna arriba con él en una mano, alcanzó el Monte de Venus, lo plantó y esperó a que enraizara.

Pero era tan confortable aquel lugar, tan arrullador el contoneo de la Tierra a aquella altura y tan larga la espera, que se quedó dormido.

Y las raíces de las flores le atraparon.

Y allí sigue el hombrecillo. En el Monte de Venus. Bajo el jardín de Schwarzkopf africanas.

Quién sabe si en otras Tierras, en otros Montes de Venus, habrá otros hombrecillos como él. Prisioneros. Cautivos. Atrapados.

Laura Rodríguez Galindo

Alumna de los talleres de escritura de  RELEE