Entiendo que, dada su mala prensa, en principio es aconsejable evitar el recurso a la eugenesia. Las cuestiones éticas de la posible aplicación de un procedimiento selectivo de ese tipo entorpecerían el desarrollo del proyecto desde sus fases más tempranas. Los grupos opositores serían legión, lo que facilitaría que la humanidad siguiese caminando por una senda involutiva sin remedio alguno. Pero no todo está perdido. Existen algunos filtros menos radicales que contribuirían, con un nivel de eficacia similar, a la civilización parcial pero casi inmediata de nuestra sociedad. Algo que ningún sistema educativo jamás pudo ni siquiera prometer está hoy a nuestro alcance si convenimos en la aplicación práctica de este sencillo tamiz: que todo escupidor callejero sorprendido en la vía publica en el acto mismo que lo define sea arrestado y enviado, tras un procedimiento sumarísimo, a un gulag habilitado para tal fin.

La idea no es mía. La Fundación para la Lucha contra el Esputo en Madrid (FLEMA) se formó en 2015 y promueve una línea de pensamiento cuyas propuestas consisten en una intervención directa (y violenta bajo determinados supuestos) para erradicar una costumbre que, según ellos, está aumentando en los últimos años y conforma «una muestra clara de la decadencia de Occidente y sus valores cívicos más elementales».

Si bien es cierto que sus conclusiones se fundamentan en unas bases teóricas que amalgaman de un modo un tanto gratuito las ideas transhumanistas de Julian Huxley con visiones parciales de Hobbes y el panóptico de Bentham revisado por Foucault, el empirismo de FLEMA ha llevado a la organización a atesorar un diagnóstico sólido en relación a la naturaleza y alcance de lo que han llamado el «androcentrismo de la jactancia en el esputo». Así, una de sus primeras actuaciones fue el censo con el que, el mismo año de su constitución, llegaron a identificar a 51.389 escupidores en diez distritos de Madrid. La extrapolación final para el conjunto del municipio apunta hacia un inventario que supera los doscientos mil individuos.

¿Qué lleva a un hombre a deshacerse de su saliva en espacios públicos? Según FLEMA, los motivos se encuentran, por encima de todo, en «el reconocimiento por parte del varón heterosexual de una debilidad secular que, en los últimos veinte años, se ha acelerado en términos relativos». Así, esta circunstancia resulta en «gestos de reivindicación que implican al espacio físico y social en el que el sujeto siente la necesidad de señalizar, con marcas dispersas e irregulares, su geist territorial».

El escupidor es violento. Las primeras intervenciones de FLEMA consistían en campañas informativas en las que entregaban a los responsables del esputo unos pañuelos con el logo de la fundación y, al mismo tiempo, les advertían de las bondades de la saliva para su salud bucal. Los resultados fueron nefastos. Los hombres reaccionaban mal, y los agentes de intervención urbana de FLEMA fueron agredidos en muchas ocasiones. En una nota de prensa publicada con motivo de la cancelación de la campaña, se reproducían las palabras de uno de los escupidores interceptados. «¿Quién eres tú para decirme a mí dónde puedo o no puedo escupir? La calle es de todos, payaso». De alguna manera, aquello provocó un cambio en la naturaleza de las intervenciones de FLEMA. En la misma nota de prensa, se referían a un «relativismo moral que, transmutado o amplificado hasta el terreno del comportamiento y la actitud social del individuo, legitima a este para sentir la validez (cuando no preponderancia) de sus actos particulares, exonerados del sometimiento a cualquier estándar, norma o valor». Fue el inicio de la radicalización de su pensamiento y estilo.

FLEMA tomó como demostrada la imposibilidad práctica de cualquier intento por una reeducación fiable. La organización entró en un proceso de cambio, y el debate interno llevó a sus dirigentes al convencimiento de que las actividades como grupo de presión e influencia no debían estar dirigidas hacia el trabajo cultural y profiláctico sino más bien al ámbito de lo selectivo y la purga. Sus esfuerzos se encaminaron entonces a la promoción de argumentos que eliminaran los prejuicios que tradicionalmente ha provocado el segregacionismo. Las reacciones, como era de esperar, fueron hostiles en un primer momento. Pero, paradójicamente, muchas de las voces críticas que censuraron las ideas de FLEMA terminaron por respaldar de forma tácita la práctica del esputo, al subrayar la amenaza que suponían «para toda expresión individual que, por definición, debía moverse en un ámbito libre de cualquier barrera impuesta de acuerdo a preceptos deliberados y oportunistas».

Lejos de detenerse, los esfuerzos de la fundación avanzaron en el sentido que ya habían marcado como su renovada misión. Hace dos años, FLEMA editó un dossier en el que cuestionaba la eficacia de las sanciones que los ayuntamientos habían comenzado a imponer a los escupidores. En el estudio, argumentan un efecto adverso de las multas, ya que estas reafirman al individuo castigado en su conducta, por medio de la transformación de un acto anodino (el escupitajo) en una acción sujeta a la posibilidad de una pena leve y, por tanto, un asumible gesto transgresor y desobediente. En las páginas finales del documento se incluye el esbozo de un gulag que se sitúa (hipotéticamente) en unos terrenos baldíos del desierto de Los Monegros. Al parecer, este diseño ha provocado cierta incomodidad en algunos miembros de la fundación, que consideran inadecuado su emplazamiento en territorio estatal.

Las ventajas del modelo de FLEMA para avanzar fácilmente hacia un estado humano superior son indudables. Permiten, además, ver sus efectos en el corto plazo sin necesidad de recurrir a ningún plan de vasectomía solidaria o intervención química. Sería, en suma, un acto piadoso y responsable.