Narrar una historia solo con diálogo nos pone como autores en una tesitura complicada, por diversas razones:

a) Mientras dialogan los personajes suelen estar parados (y eso no es muy conveniente en ficción). Resulta difícil hacer avanzar una trama si los personajes hablan, pero no actúan.

b) Al escasear las acciones, lo normal es que el autor opte por hacer explícita la trama (y ya sabemos que, de esa forma, le quitamos al lector su labor de interpretar lo que lee).

c) Si a través del diálogo se cuentan unos hechos, estos suelen quedar desvaídos, como de segunda mano. Se nos está contando que han sucedido, pero no están ocurriendo delante de los ojos del lector.

d) Es muy fácil que se nos vaya la mano informando al lector, lo que este notará como una manipulación: el personaje está diciendo determinadas cosas para que las conozca el lector, y no porque sea natural que las diga.

e) El diálogo está genial para dar voz a los personajes, pero hay que manejar muy bien la imitación del registro oral para caracterizar a cada uno de los personajes solo por medio de su voz, de forma que el lector visualice a quien está profiriendo el discurso.

f) Es fácil resbalar hacia la intelectualización, y acabar trabajando con ideas o reflexiones en lugar de con imágenes y vivencias.

g) La fuerza expresiva que posee el diálogo para hacer oír las voces de nuestros personajes en momentos relevantes de la historia, se pierde si toda la narración está en este formato, ya que de este modo el diálogo se convierte en una rutina, y nos será difícil que el lector «escuche» a nuestros personajes cuando realmente interese.

Es por todo esto que el diálogo (que, por otro lado, tiene gran fuerza expresiva a la hora de retratar a los personajes) se suele intercalar con otro tipo de unidades narrativas que facilitan que el lector experimente de forma más directa el sueño de la ficción.

 

Isabel Cañelles

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