Tradicionalmente se ha considerado el del escritor como un oficio solitario, y así ha sido desde que se inventó la escritura en Mesopotamia hace seis mil años. Ahora, como entonces, el acto último de enfrentarse a la página en blanco (o a la pantalla del ordenador) sigue constituyendo un esfuerzo personal e intransferible en el que el autor solo rinde cuentas ante sí mismo hasta llegar al producto terminado. Esa forma de trabajar ha marcado el proceso de formación del aspirante a escritor, muy marcado por el auto aprendizaje y la intuición, probablemente ayudado por el seguimiento de los clásicos y sus autores predilectos, pero poco dado a exponer su trabajo al juicio de otras miradas.

Así las cosas, el ecosistema del escritor novel es la incertidumbre. Factores como la inseguridad, el orgullo o el pudor impiden al inexperto someter sus escritos al escrutinio de otras personas. Craso error, ya que sin ese punto de vista externo difícilmente podrá detectar lagunas y solventar errores. Entran entonces en un círculo cerrado a cualquier opinión sobre su labor, que minaría su autoestima y generaría mayor zozobra e inquietud. Sin embargo, casi ningún escritor en ciernes irá demasiado lejos por sí solo, y es necesario que rompa con esa dinámica de aislamiento. No es momento de acobardarse por el juicio de los demás. Debe exponerse, desnudarse y ser valiente. Porque solo desde el valor puede escribirse algo que merezca la pena.

Por fortuna, hoy en día existen posibilidades para soslayar ese impasse negativo. Ponerse en manos de profesionales o buscar el apoyo, opiniones y sugerencias de otras personas puede aportar soluciones y abrir caminos insospechados que ayudarán a avanzar al aprendiz.

Sería el momento pues de acabar con la idea de que la escritura ha de ser un trabajo en soledad. En este escenario, la labor de los profesionales de los talleres de escritura va más allá de la pura enseñanza técnica, se convierten en acompañantes de los escritores noveles y les desbrozan el camino. Al mismo tiempo los aspirantes reciben un eco inmediato de su labor, de sus cualidades y defectos y cómo reforzar las primeras y corregir los segundos.

Nada puede ayudar tanto al futuro escritor que recibir apoyo y sugerencias sobre esas páginas que ha conseguido pergeñar con ímprobos esfuerzos, aunque en el momento definitivo sea él mismo quien tenga que adoptar la decisión final y acometer la empresa según su propio criterio.

Por Juan José Añó y Ramón Oliver
Colaboradores de Relee