Los jóvenes de izquierda en los 70 y 80 en España éramos muy antiamericanos. Como buen comunista que fui durante más de 25 años, tenía muy poca simpatía por los “gringos”, eran los malvados en la guerra fría, los que financiaron el golpe de Chile o la contra nicaragüense, los que habían matado a cientos de miles de vietnamitas y no dejaban avanzar la revolución mundial.

Esa escasa simpatía por los yanquis se extendía a su cultura, al menos a la posterior al macarthismo de los 50. Apenas leía ninguna novela de autor norteamericano y veía muy poco de su cine, algunas películas independientes, casi nada del “manipulador” y “mediocre” Hollywood.

Por supuesto hacía excepciones con el cine de los 30 y 40, esas décadas progresistas en las que los norteamericanos nos salvaron del nazismo (aunque en España al final no entraron, y nos dejaron al General), y Hollywood estaba plagado de grandes directores europeos exiliados. La excepción se extendía a la novela negra de esos años, Hammet o Chandler no podían faltar en ninguna biblioteca, al menos para los fanáticos de la novela negra entre los que me encontraba.

Esa pasión por la novela negra me llevó a descubrir a Patricia Highsmith, que simpatizaba con el comunismo y se había venido a vivir a Europa en los primeros 60, razones que me permitían hacer una excepción para leer a una novelista “yanqui”. Anda que no teníamos prejuicios en esos años, luego cayó el muro, vinieron Clinton y Gore, y aunque Bush Jr. hizo un intento muy serio para que volviéramos a aborrecer a los yanquis, ya nada fue lo mismo, es muy difícil odiar a Obama, especialmente a Michelle.

No recuerdo el orden con el que devoré en los 80 las cinco novelas de la saga Ripley, pero sí que me quedé fascinado con El juego de Ripley (El amigo americano). Por supuesto, la Highsmith escribió también Extraños en un tren (llevada al cine por Hitchcock con guión adaptado por Chandler) y otras muchas novelas interesantes, como Carol (de la que se puede ver actualmente una buena adaptación al cine). Pero Ripley es Ripley, uno de los personajes más fascinantes de la literatura del siglo XX, extremadamente inteligente, refinado y culto, a la vez que frío, cínico y sí, bastante psicópata.

Si Shakespeare logra el milagro de que empaticemos con un asesino como Macbeth, que mata y traiciona fríamente para lograr el poder, y lo consigue mostrándonos sus dudas y sufrimientos por las muchas maldades que comete, la Highsmith lo logra con Ripley, de modo que no sólo simpatizamos con él, sino que queremos que salga indemne de sus diversas fechorías.

Además de la fascinación por este singular protagonista, en la novela viviremos y sufriremos las angustias y las dudas de Jonathan y su mujer y nos sumergiremos en una sórdida y violenta trama en la que van enredándose los personajes de forma progresiva.

Han sido muchas las adaptaciones al cine de las novelas de Patricia Hihgsmith, pero dos de las mejores han sido las de El juego de Ripley, de la interesante de Liliana Cavani (sí, la de El portero de noche) de 2002, interpretada de forma muy sugerente por John Malkovich, y la que para mí es una de las mejores películas de la historia del cine: El amigo americano, dirigida por Win Wenders en 1977.

Para quién no conozca a Wenders (mi director alemán preferido, con permiso de Fassbinder, Lang, Murnau o Haneke) que vea Paris Texas o El cielo sobre Berlín, además de los recientes y maravillosos documentales Pina (sobre la extraordinaria Pina Bausch), y La sal de la tierra (sobre el gran fotógrafo Sebastiäo Salgado).

Y por supuesto El amigo americano, con un inolvidable Dennis Hooper en el papel de Ripley, y un triste y melancólico Bruno Ganz representando a Jonathan.
Wenders le quita a Ripley la mayor parte de su “glamour” francés, para ubicarlo en un oscuro Hamburgo, colocarle un sombrero vaquero que no se quita en toda la película, y mostrar la esencia más sórdida del personaje, la de un tipo solitario, misterioso y atormentado.

Vi El amigo americano poco después de estrenarse, en esos finales 70 en los que me tragaba cualquier película que no fuera de Hollywood (lo sigo haciendo, en esto no he cambiado), y me quedé fascinado por esa atmósfera fría y extraña de Hamburgo, plasmada por la maravillosa fotografía de Robby Müller, y por esos personajes tan complejos, que dudan al tomar unas decisiones tan duras y violentas. Pocas veces se ha mostrado de forma tan interesante el dilema de por cuánto nos vendemos las personas o de cómo se puede vivir el día después de cometer un asesinato, con las culpas de unos o el cinismo de otro (Ripley, claro).

Dicen que a la Highsmith al principio no le gustó la película, pero que más tarde se reconcilió con ella, especialmente con la interpretación que Dennis Hooper había hecho se su Ripley. No es para menos, si te lo encuentras por la calle y te observa de reojo con una mueca irónica, mejor cruza de acera.

Mariano Baratech

Sociólogo y colaborador de RELEE