Casi (así lo llaman, Casi), en su ronda nocturna, anda rebuscando en los contenedores de basura. Al abrir uno de ellos le parece oír el llanto de un bebé. Como no ha visto nada (y además no oye bien) hace como que no se ha enterado: cierra rápido la tapa del contenedor y se marcha de allí a toda prisa.
Enseguida vuelve mirando calle arriba y calle abajo, hacia los edificios, esperando que alguien pase por allí y haga algo. Pero es tarde y no anda nadie a esas horas, la gente está en sus casas con sus familias. Aparca a un lado el carrito de la compra donde lleva las cosas y, con su andar encorvado, se pone a dar vueltas al contenedor. De vez en cuando se para y mira abobado hacia una ventana iluminada en uno de los pisos de enfrente, una que tiene una luz cálida. Pero esa cosa dentro del contenedor sigue berreando y el maldito camión de las basuras aún tardará en pasar.
De pronto, Casi deja de oír el lloro. Se abalanza sobre el contenedor y al abrirlo, entre las bolsas de basura encuentra una mantita blanca, y envuelta en ella una cosita pequeñísima, que al ser descubierta empieza a llorar de nuevo a pleno pulmón. Es un niño, sucio, aún con cordón en el ombligo. Agobiado por el escándalo que están armando, Casi tapa bien con la manta a la criatura, la mete en el carrito de la compra y se la lleva de allí mirando hacia todos lados, por si alguien lo ha visto.
Enseguida llega a la fábrica abandonada en la que vive. Es la antigua fundición donde quizá trabajó su padre, porque todo el pueblo trabajaba aquí en aquellos tiempos. Atraviesa la valla por una abertura oculta entre zarzas y después empuja la puerta roñosa y deformada de una nave llena de grafitis. El llanto del bebé despierta a La Portuguesa, que estaba durmiendo entre mantas y tetrabriks volcados, en una esquina que huele a meados y a vino.
Su voz cascada y bronca retumba en la nave vacía.
—¿Casi? ¿Eres tú, Casi?
Lo llaman Casi, pero no por Casimiro sino por Quasimodo, porque con su andar encorvado parece que tiene joroba. Además, la cabeza y las facciones las tiene demasiado grandes con respecto al cuerpo, ya que Casi es pequeñito y de baja estatura.
Agachándose a su lado le muestra el bebé a La Portuguesa, dirigiendo la luz de una linterna a su carita hinchada por el llanto.
—Portuguesa, te he traído esto.
La mujer se incorpora entre las mantas y al verlo sonríe mostrando sus dientes negros en las pocas piezas que le quedan. Se lo quita de un tirón y empieza a acunarlo entre sus brazos, cantándole con voz cavernosa:

Nana, nana, meu menino,
Que a mãezinha logo vem.
Foi lavar os teus paninhos,
à pocinha de Belém.

Casi recoge del suelo sus mantas y arrastrando su carrito se aleja de allí unos pasos, poniéndose en otra esquina. En medio del follón cena unas sobras de pollo que sacó de un contenedor. Hoy no encenderá la fogata con la que después se duerme tan a gusto por el calor que da. No tenía que haberse traído al crío. Ni habérselo entregado a un monstruo como La Portuguesa. Ahora lo ve, seguro que ella también ha abandonado a alguno suyo. Tras chupar la fúrcula del pollo, tira de los dos extremos del hueso, como hace siempre, y como deseo pide que el niño se muera esta noche sin darse cuenta. A continuación se echa a dormir.
Le despierta el silencio poco después de haberse quedado dormido. El corazón le anda dando saltos en el pecho. ¿Estará vivo el bebé? Se levanta y se acerca adonde La Portuguesa, a la que adivina sentada a oscuras. Cuando la alumbra con la linterna ve que está desnuda por la parte de arriba y que le está dando pecho: con tembleque está dejando caer a poquitos el contenido de un cartón de vino por encima de su teta, para que el líquido resbale por su piel hasta el pezón del que mama el pequeño.
Casi le arrebata al niño.
—¡Asquerosa, qué haces dándole vinazo!
—É leite, leite para el meu menino.
Casi le quita también el cartón y echa un trago mientras sostiene al niño con la otra mano. Le sabe raro el vino.
—É leite com um pouco de vinho para acalmá-lo.
La Portuguesa retoma el canto de la nana, acunando ahora a un bebé imaginario en sus brazos. Casi vierte el contenido del tetrabrik sobre el suelo y con la luz de la linterna observa que tiene el color de un batido de vino. Entre la basura que rodea a la mujer ve que hay también una caja de leche.
El bebé se había dormido. Casi se lo lleva a su sitio y se acurruca junto a él. Huele a una mezcla de basura orgánica fermentada, sangre y vino. Le acerca su oreja, que es tan grande como la carita del niño, para escuchar su respiración pausada. Se queda dormido él también.
Se despierta de madrugada cuando nota que alguien le anda cerca. Es La Portuguesa, tratando de llevarse al pequeño, que aún duerme. Casi reacciona rápidamente recuperando el revoltijo de la manta blanca y dando un empujón a la mujer, que cae de frente contra el suelo de cemento y se queda allí, sin moverse, llorando.
—El meu menino, el meu menino, quem me levou el meu menino?
El bebé sigue dormido a pesar del meneo que le han dado y Casi se pregunta por la cantidad de vino que trincó anoche. Lo lleva agarrado por un costado, como si fuera un paquete, mientras orina contra una pared. Desde un ventanal con los vidrios rotos que da al exterior ve que está clareando y se empieza a oír a los pájaros de la mañana.
Sube a la cubierta de la nave por unas escaleras y se dirige hacia la antigua alberca en la que recogían el agua de lluvia para la fábrica. Ahí es donde Casi se lava (como los gatos) todos los días. Y ahí es donde se dispone a ahogar a la criatura aprovechando que está dormida. Aunque ahora que lo piensa, se va a despertar y va a sufrir. Quizá sea mejor darle un golpe fuerte en la cabeza. Es lo mejor para el pequeño, ojalá hubieran hecho lo mismo con él, cuando lo abandonó su madre. Siempre ha pensado que luego, cuando te das cuenta, es más difícil morirse.
Al sacarlo de su envoltorio se encuentra al bebé despierto y con los ojos abiertos. La criatura le mira. Le sonríe. Casi no puede dejar de mirarlo a su vez. El reflejo de las nubes del amanecer le da un color cálido a su cara. No sopla nada de viento y los pájaros se han callado, está todo tranquilo. Se sienta en el borde de la alberca y se lo pone sobre su regazo. Sale el sol y Casi, hechizado, le sonríe de vuelta al niño. Y entonces, de pronto, se da cuenta de que también él debió de despertar alguna sonrisa en alguien, siendo un bebé.
Vuelve a la nave con el recién nacido. La Portuguesa no está, a saber lo que estará tramando. Se tumba con él bajo las mantas para mirarlo durante un rato más. Le conseguirá un biberón en cuanto abran las tiendas.

Mikel Imaz

Alumno de los talleres de escritura de Relee