El desenlace (como su propio nombre indica) se trata de la desembocadura natural de la narración. Lo último que uno debe hacer es forzarlo. Dependiendo de cómo hayamos anudado los hechos, así será su resolución. El clímax (inmediatamente anterior al desenlace), con su intensidad vivencial, será el que nos dé la clave del desenlace.

En mi caso, aunque tenga pensado más o menos el final de un relato, nunca lo doy por cerrado, y de hecho no suele coincidir con el que tenía pensado en un principio. El momento de cambio en los personajes es un momento también de cambio para el escritor (que está viviendo en su pellejo), una especie de trance, y ahí es donde a uno se le revela cómo ha terminar exactamente su narración.

Por lo tanto, un desenlace forzado suele ser síntoma de que en el clímax se ha producido alguna suerte de evasión.

 

Isabel Cañelles

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