Por Eloy Tizón, escritor y profesor de RELEE

Exposición sobre Auschwitz en Madrid. No hace mucho, no muy lejos.

Visito la exposición sobre Auschwitz en el Centro Arte Canal, bautizada con acierto No hace mucho, no muy lejos. La entrada la preside un vagón de madera donde deportaban a los presos. El interior es una amplia, rica, bien razonada y angustiosa muestra de objetos procedentes del campo de exterminio: gafas rotas, zapatos con su mueca huérfana, maletas del adiós, brochas y cuchillas de afeitar, cepillos, uniformes de rayas, trozos de alambrada, literas hechas con listones donde se hacinaban tres o cuatro presos, fotos, textos y una serie de videos con testimonios de supervivientes.
Se muestra una olla gigantesca de hierro capaz de cocinar 100 litros de sopa de una vez. La comida, claro está, era bazofia. Un caldo de nabo y un mendrugo de pan. Con eso tenían que sobrellevar un trabajo de esclavos, con ropa insuficiente, en medio del gélido invierno polaco. A medida que la exposición avanza, va haciéndose más irrespirable, pues nos acercamos al corazón del horror: las cámaras de gas disfrazadas de duchas, donde los vapores del Zyklon B asfixiaban a cientos de seres humanos.
La Alemania nazi planificó fríamente un modelo de homicidio industrial, a una escala desmesurada y abyecta, que trituró a millones de víctimas, todas con sus pequeñas historias, manías, toses, sombreros y paraguas. No se sale indemne de esta exposición, que es, por descontado, un palidísimo reflejo de la realidad, la cual sería un millón de veces más atroz. Algo incalculable. Si la exposición acongoja y aturde, no podemos ni imaginar lo que sería estar allí de veras. Lo más parecido al infierno ejecutado por la bestialidad militar. El Mal en estado puro. La pregunta sin respuesta. El punto ciego, como escribe George Steiner en Presencias reales, de «un tiempo en que, en el corazón de la gran cultura y el saber occidentales, los hombres fabricaron guantes de piel humana».

Publicado en El Cultural de El Mundo, 5/1/2018