Se suele decir que los escritores se valen de la intuición y del talento para escribir. Que quien recurre a recursos técnicos carece de ese sexto sentido que todo escritor ha de tener. Dicen por ahí que la técnica es cosa de críticos casposos y frustrados que se devanan los sesos en lugar de disfrutar de la vida y del arte y de los maravillosos textos que a los grandes maestros les salen de la pluma como por arte de magia. Incluso algunos de esos maestros contribuyen a extender el mito. Como si se pudiera crear algo partiendo de la nada, como si teoría y práctica no nacieran del mismo manantial y corrieran a la par por los campos literarios.

Que algunos escritores no sean conscientes del todo de su asimilación gradual de los recursos que muchos antes que él usaron no quiere decir que los milagros existan o, mejor dicho, que se den de forma arbitraria. La buena literatura se basa en la absorción —mediante una lectura analítica— de la técnica y en el uso —ya intuitivo, es decir, creativo— de esos recursos mientras se escribe. Se puede decir, pues, que uno va absorbiendo la técnica y escribiendo intuitivamente sobre la base de esa absorción, y que después vuelve a aplicar la técnica para corregir los desvaríos de la intuición. Y en ese proceso un buen escritor deja, eso sí, una marca personal que lo diferencia de cualquier otro y que a veces puede consistir precisamente en la ruptura deliberada de la técnica, mientras que un escritor simplemente correcto no imprime su huella, de la misma forma que cualquier persona es diferente de las demás, pero muchas no permiten que su idiosincrasia asome.

Es decir, que la técnica no es otra cosa que los elementos formales que constituyen una buena narración y la teoría literaria, el análisis exhaustivo de éstos. El escritor introduce —de una forma personal— esos elementos en sus narraciones, después de haberlos asimilado en la lectura de sus predecesores o mediante el estudio consciente; un teórico de la literatura los explica y les da nombre; y un crítico literario se vale de esos nombres para evaluar un texto.

De forma que la disociación entre técnica y talento es ficticia. La técnica sirve para sustentar el talento y su base teórica tiene en cuenta desde la extensión de los capítulos de una novela hasta en qué se basa la tensión narrativa, desde la focalización del narrador hasta los ejes de giro de la acción; desde los puntos de fricción entre forma y contenido hasta el funcionamiento del personaje. La mayoría de los recursos que un escritor maneja «como por arte de magia» están (de facto o virtualmente) contemplados por la técnica. Todo menos su idiosincrasia, es decir, la disposición de las notas en el pentagrama para componer una melodía única. Y ese es el milagro. Un milagro bien sustentado en la asimilación y el aprendizaje.

Lo malo es cuando un escritor se olvida de lo que de verdad puede aportar por creer que está inventando el teléfono. Porque la realidad es que el teléfono se inventó hace siglos. Y las historias, también.