No he soñado nunca que toco el piano, pero me gustan las estancias en las que hay uno. La tarde del 15 de diciembre de 2017 tuve ganas de tocarlo. Fue el día de la presentación de “Error 404”, la antología de relatos en los que 21 autoras y autores hemos utilizado la ficción para apuntar algo en el cuaderno personal de nuestra perplejidad tecnológica. No sé tocar el piano y en la librería madrileña El olor de la lluvia no huele a lluvia pero tienen uno de pared. Pegados a él, Isabel Cañelles y Juan Jacinto Muñoz Rengel hablaron de la editorial RELEE y de la antología (J es capaz de hablar de un libro, o de un piano incluso, todo el tiempo que quiera, desde quince minutos a dos horas, por ejemplo, lo juro). Tras ellos, una docena larga de escritores intervinimos para contar de dónde habían surgido las historias. Soltamos nuestras píldoras ante más de cien personas. Hicimos más de quinientas fotos. Consumimos ochenta mil litros de oxígeno. Nos dimos, entre todos, más de mil besos. Es lo que tienen las estancias con piano, que la gente acude con la esperanza de que alguien abra la tapa, descubra el teclado y se siente en la banqueta (por allí andaba Almudena Sánchez, y bien que lo hubiese podido hacer).

Hubo momentos fugaces (como cuando Nines González Vime se presentó guapísima a saludar y vernos); momentos futuribles (por eso me llevé un ejemplar ilustrado de El principito, que regalar en Reyes); ese en el que aparecieron unos jardines o un especialista en técnicas de iluminación con suéter oscuro y barba de luz de una tarde a las cuatro; momentos en los que un bolígrafo no funcionó bien (justo ahora que tenía que escribir una dedicatoria) pero enseguida apareció una mano con otro que sí y una cometa al final del brazo; momentos en que una madre llama a un hijo con otro nombre para que esté a su lado (siempre) de otra manera; hubo momentos en los que se aplaudió mucho y momentos en los que los amigos del taller Primaduroverales aplaudieron todavía más; momentos en los que me hubiese quitado una prenda íntima para lanzársela al orador (lo recuerdo bien y era orador); momentos que miré atrás para ver si se abría la cortina y momentos que miraba a un lado por si sonaba la música en el piano y apareció Clara Redondo; hubo una vez, solo una, en la que conté que alguien me había llamado capullo con un casco de astronauta, y luego va y me lo suelta delante de todos Vicente Fernández Almazán, como si nada, pero es tan alto y guapo que no me sale quejarme; un rato en el que estuve rodeado por gente del norte, y me gustó, como siempre que eso ocurre; hubo muchos momentos y pájaros atrapados por Nedda Soriano con su cámara; momentos en los que Cristina Escobar iba loca con las listas y la mesa de libros y en los que busqué junto a Juan Carlos Muñoz Zimmerman una botella de cerveza fría; esos otros en los que Toni Hill y yo nos mirábamos y nos salía sonreír de pie y con los ojos; momentos en los que eché de menos a Mariano Baratech (con lo lejos que —me dijeron— está Mariano) y a Daniel Monedero (con sus Ray Ban o no) y a Thelonius Monk percutiendo sus yemas pianísticas sobre las teclas (pero esto también, un poco, fue por Dani; bueno, también eché de menos a otras personas que, cuando vengo a las presentaciones de Relee, están con sus zapatos nuevos y las manos llenas de historias); y luego estuvo ese otro momento en que Óscar Amador citó a “Error 404” como una antología de ciencia ficción, y ahí me di cuenta de que, a veces, no me entero de las cosas (lo mismo me ocurre con la tecnología, o por eso justamente), y de que como no me entero de algunas cosas, los cuentos que hay en el libro escritos por Adrián Gualdoni y por Maite Núñez no son de ciencia ficción (tampoco el mío). Un perro verde es un personaje perfecto para una historia de ciencia ficción ambientada ¿en Marte? y por ahí podemos habernos salvado los tres.

Ah, y las cervezas. Hubo cervezas y taxistas cortando el frío con sus coches y hombres y mujeres haciendo lo mismo con las manos en los bolsillos del abrigo. Eso, las cervezas, el morro, los zarajos, las navajas a la plancha. El skate de Elmo y el bocadillo de Ari. Las patatas bravas. Las ciudades de César Sánchez en las que nunca hemos estado. La novela que pronto leeré de Adolfo Gilaberte. Javier Fatuarte mirándonos como futuras portadas de libros. El vestido lleno de flores o no, pero sin cortar, de Almudena Ballester (apunto de marcharse a una cena). Las pestañas largas de Humberto Franco como los palos de las p en la caligrafía a pluma y antigua. Los abdominales de Iván Gutiérrez planos como el horizonte en curvatura que divisaba Cristóbal Colón subido al mástil de su carabela americana. Las veces que, a pesar de la gente que había, de las sardinas fuera de la lata, de que costaba llegar a estar juntos, uno puede decirle a Isa Cañelles (no importa si editora o no) te quiero. Laura Erre, a punto también de marcharse a una cena y con un abrigo rojo (doy por supuesto que los abrigos rojos son los que mejor conjuntan con las presentaciones de libros y las cenas de después). La canción “Los planetas”, de La Buena Vida, que iba a ser la primera de la banda sonora. La cuenta. Las divisiones de los que somos de letras. Los euros por cabeza. El poemario de Lara López cortando el frío junto a mis manos en los bolsillos de la ciudad. Los gorriones que pasan la noche lo mejor que saben entre las ramas de los castaños.

Un poco así fue la presentación de “Error 404”. De todas las que he estado en mi vida, la que más me he sentido plenamente como en familia (lo digo sin cerveza y sin acudir a nostalgias). Y eso que nadie se sentó frente al piano, que si llega a ocurrir.

 

Kike Parra

Escritor y profesor de RELEE