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Por qué el terror

Puede que el terror sea un vehículo de entretenimiento y desahogo, casi una forma de exorcismo. Puede que en las historias de terror encontremos una forma de denuncia y de expresión más abierta y libre que en otros géneros. Puede que sea un mecanismo para intentar trasladar en unas páginas todo ese dolor que percibimos y encerrarlo para siempre. Puede que el terror, paradójicamente, sea la manera de creer que un mundo mejor es posible.

Lovecraft decía que la razón por la cual escribía cuentos fantásticos era porque «le producían una satisfacción personal y le acercaban a la vaga, escurridiza, fragmentaria sensación de lo maravilloso, de lo bello, de las visiones que le llenaban con ciertas perspectivas, ideas, ocurrencias e imágenes». Lovecraft escribía por el placer de plasmar ese mundo interior y ver cómo se reproducía, como en la vivencia de un maravilloso viaje, en unas páginas.

Pero también explicaba, en ese pequeño libro titulado «El horror sobrenatural en la literatura» del que ya hablé en mi primera entrada en este blog, que su predilección por lo sobrenatural se debía a que ese tipo de relatos encajaban con su personalidad.

Por un lado tenemos una elección lúdica consciente y por otro una tendencia a una determinada literatura fruto de la personalidad, con todo lo que esto conlleva. Creo que en esas frases que se suceden en el apéndice final del ensayo de Lovecraft encontramos los elementos claves para comprender por qué elegir escribir terror o no y, en definitiva, por qué escribimos.

Para Lovecraft el miedo es la «más fuerte y profunda emoción, y una de las que mejor se presta a desafiar los cánones de las leyes naturales». El miedo toma formas diversas y, como explica Anne Devereaux Jordan en la introducción a la antología «Horror 5», el límite se encuentra en la imaginación del propio autor.

Pero sin el lector de terror, el escritor de terror no tendría sentido. Y la pregunta que titula este artículo bien puede dirigirse a él: ¿Por qué se lee terror?

En la introducción a «Horror I» (de la colección Gran Súper Terror a la que tengo un especial cariño), Charles L. Grant da una respuesta. El lector puede cerrar el libro en todo momento y pensar, aun después de haber terminado una historia que le ha conmovido y aterrorizado especialmente, que lo que contienen esas páginas no existe, que es mentira, y volver a su plácida rutina diaria.

Cuando yo leo terror me entretengo al recrear las formas extrañas y paisajes oscuros que ha concebido un autor al que no conozco de nada. Como cualquier lector, establezco ese vínculo telepático (casi mágico) con su mundo. Me divierto intentando averiguar, antes de que llegue el final, cómo los personajes se librarán de ese mal o de qué manera el monstruo se terminará saliendo con la suya. Muchas veces estos relatos contienen una sorpresa última, un giro inesperado, que les da un sabor especial. En los libros de terror se libra una batalla que a veces tiene por ganadores al dolor y la sangre, pero efectivamente, llegado el momento, podemos cerrar las páginas y pensar que todo es mentira.

Por desgracia, la realidad ha demostrado que el mundo puede ser mucho más terrible que la mayoría de las páginas que la literatura de terror ha concebido. Nuestros televisores nos muestran, día tras día, la devastación de las guerras, la desesperación, la masacre, la violencia y la muerte en rostros reales cuyos escenarios muchas veces nos quedan muy cerca.

Puede que el terror sea un vehículo de entretenimiento y desahogo, casi una forma de exorcismo. Puede que en las historias de terror encontremos una forma de denuncia y de expresión más abierta y libre que en otros géneros. Puede que sea un mecanismo para intentar trasladar en unas páginas todo ese dolor que percibimos y encerrarlo para siempre. Puede que el terror, paradójicamente, sea la manera de creer que un mundo mejor es posible.

Las respuestas de por qué escribimos terror se encuentren dentro de nosotros. Tal vez es la manera de alcanzar unos sueños que nunca se cumplirán. Ojalá el terror residiera solamente en las páginas de los libros que leemos y escribimos.

Toni Cifuentes 

Colaborador de RELEE

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