Era agua. Sólo agua marina que él había recogido para mí en la isla de Coco. Se fue a investigar durante meses en el océano Pacífico especies que sólo existen allí y me envió ese pequeño trozo de mar como un presente romántico.

Compré una pecera corriente, redonda, no muy grande. Dentro de ella el agua se mostró de un azul intenso y cálido. Daba igual dónde y con qué fondo la dejara, el agua siempre seguía siendo del mismo azul brillante. Y su calor no dependía de la temperatura de la habitación, aunque abriera las ventanas y entrara el aire gélido de enero, la pecera calentaba las manos.

Una noche de esas en las que el sueño se va y no vuelve, me levanté. Y ahí estaba, fuera de la pecera, volando como una cometa por el aire, a veces alargándose como si fuera una cola, otras juntándose y girando como si estuviera dentro de un ventilador. Incluso en su vuelo acrobático atravesó el sofá como si nada y se posó en la mesa del televisor. Podía haberme quedado mirando sin más, pero me entraron unas ganas irresistibles de tocar ese prodigio, y sin pensarlo, entré en la habitación con la mano extendida. El agua volvió de golpe a la pecera donde se quedó quieta, sin ondas, sin salpicar, como para hacerme dudar de lo que había visto. Tan quieta que lo consiguió. Me acerqué al sofá, había una leve mancha redonda de humedad y en la mesa del televisor unas gotitas de un azul intenso.

Pasaba las noches espiando con la puerta entornada, cada día un poquito menos, admirando las piruetas, los saltos, la variedad de nuevas figuras, cómo entraba en rincones donde ninguna otra cosa podría acoplarse. Los días se hacían largos. Sólo eran una larga espera a que llegara la noche.

Hablaba con él por teléfono sobre ese misterio. Nos preguntábamos que podía ser: un animal líquido, un espejismo de mi mente, un ser hechizado con propiedades asombrosas. Al principio él me animó a hacer fotos y alentaba mis suposiciones buscando datos científicos que respaldaran nuestras teorías. En las fotos se veían ráfagas que podían ser un reflejo o una luz. Poco a poco, cuantas más cosas mágicas tenía para contar, él más pronto quería cambiar de conversación. Pero yo necesitaba  recordar esa vez que se quedó extendida y pegada al techo como un cielo diurno. O cuando de pronto las gotitas se separaron y cayeron como fuegos artificiales sobre la alfombra roja del comedor. O esa vez que una parte se retiró antes que la otra, que se quedó jugando más rato, como si tuviera más energía que la que se fue a descansar.

Sí, mi comportamiento se volvió extraño, tal vez me vieran huraña y malhumorada, es cierto que dejó de interesarme casi todo. El agua marina de mi pecera se volvió mi religión. Cómo diferenciar una obsesión de algo apasionante, no sé.

Él se fue cansando y las conversaciones telefónicas se acortaron cada vez más. Ni siquiera me preocupé en averiguar cuando y de qué manera sus cosas desaparecieron de casa. Se fue de mi vida. Igual que perdí el trabajo y los amigos.

Pero había conseguido que el agua azul tolerara mi presencia. Cómo explicar lo que sentí cuando me tocó, cuando se agarró a mi brazo como si fuera un guante. Esa sensación fresca pero más viscosa que el agua, esa caricia tibia. Nunca me había sentido así. Conseguí fundirme con ella. Y cuando ya me había atravesado, empapado, hasta golpeado como una ola, un día perdió su color, se volvió traslúcida, dejó de volar y de ser mágica.

Tras el primer momento de desconcierto dejé de tocar la pecera. No tenía sentido estar allí mirando fijamente y decidí intentar lo que fuera, moverla con la mano, ponerla un poquito al calor del fuego, con miedo eché gotas de agua normal. Nada funcionaba y pasados unos días comprobé que la cantidad de agua menguaba así que la guardé en un recipiente hermético. No tenía sentido, ¿y si necesitaba aire para sobrevivir? Era mejor dejarla en su lugar, en la pecera donde siempre había vuelto pudiendo irse a cualquier lugar. En un alarde de superioridad, con vergüenza, bebí un pequeño sorbo. La sensación de como recorría mi cuerpo no fue mágica. No ocurrió nada.

 Tuve que hacerme a la idea, lloré, sintiendo de verdad el vacío. Y entre lágrima y lágrima retomé mi vida. Volvía a casa y corría a mi pecera por si había un nuevo cambio. Pero el agua corriente se evapora, poco a poco menguó hasta quedar en un charco, y al final…en nada.

Creen que he vuelto a mis costumbres. Mi mar azul, volando a mí alrededor, está en mi cabeza y lo puedo recordar todo el tiempo. La isla de Coco apenas se ve en el mapa, pero ahí está. Es difícil conseguir permiso para visitarla. Y quedarse dicen que es imposible. Pero casi todo es cuestión de voluntad.

 

Merce Adán

Alumna de los talleres de escritura de Relee