Se pueden usar digresiones o reflexiones o conceptos abstractos para reforzar la trama siempre que dicha trama no se haga explícita.

Es fácil distinguir ambos usos, porque la trama explícita no es susceptible de interpretación (es como una losa, algo lapidario, es así porque lo proclama el narrador, por no decir que asoma ahí descaradamente la mano del autor). Sin embargo, las digresiones o reflexiones pertinentes son susceptibles de interpretación como cualquier otra parte del relato. Con la trama explícita o literal no nos queda nada que interpretar, ningún soplo de vida debajo de las palabras, y entonces es cuando se convierten en un supositorio que el autor trata de encajar al lector. Las cosas eran así y no podían ser de otro modo. Pues entonces, apaga y vámonos. ¿Para qué, entonces, enredarnos con diálogos y acciones? Es como si de pronto propusieras al lector un nuevo código que se contradice con todos tus esfuerzos por mostrar. La experiencia se fue al carajo, y las palabras vuelven a ser nada más que palabras, algo muerto, cortan el sueño de la ficción, chafan el placer del lector, y luego le resultará arduo volver a interesarse por la acción en sí.

Un buen ejemplo sería el de la magnífica novela de Ian McEwan Chesil Beach. McEwan es un maestro de las digresiones y de las reflexiones. Ahora bien, en ningún momento las usa para chafar el hilo subterráneo de la trama o para exponerlo descaradamente. Sí para señalarlo. Sí para apoyarlo. Pongo un ejemplo, en el que el autor es capaz de meter una digresión —y de sacarle un máximo partido— en un momento de extremo clímax emocional:

[…] Ni siquiera con la mano libre estirada al máximo era posible seguir acunando la cabeza de Florence mientras le pasaba las bragas por las rodillas y alrededor de los tobillos. Ella le ayudó doblando las rodillas. Una buena señal. Él no osó un nuevo intento con la cremallera del vestido y así el sujetador, por el momento —de seda azul claro, había él vislumbrado, con un fino ribete de encaje—, debía permanecer en su sitio. Adiós al ingrávido abrazo de miembros desnudos. Pero la veía hermosa como estaba, tendida sobre el brazo de Edward, con el vestido recogido en torno a los muslos y mechones de pelo revuelto esparcidos sobre el cobertor. Una reina del sol. Se besaron otra vez. Él sentía náuseas de indecisión y deseo. Para desvestirse habría tenido que alterar aquella prometedora postura de sus cuerpos y arriesgarse a romper el sortilegio. Un ligero cambio, una combinación de factores minúsculos, pequeños céfiros de duda y ella podría cambiar de idea. Pero él creía firmemente que hacer el amor —y la primerísima vez— sin nada más que desabrocharse la bragueta era poco sensual y burdo. Y descortés.

Al cabo de unos minutos, se escabulló del lado de Florence y se desvistió apresuradamente junto a la ventana […]

Isabel Cañelles

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