En el aprendizaje de la escritura hay que pasar por todo tipo de etapas (etapas que se reproducen de vez en cuando —por fortuna, cada vez más débilmente— como un mal sabor en el paladar), y una de ellas es la decepción y el desánimo, la sensación de que nunca vamos a ser capaces de hacerlo bien, como los grandes, que siempre habrá piezas que no encajen, aspectos narrativos que se nos escapan, y si creemos que no, ya se ocupará el profe o el amigo listillo de turno para buscarlos hasta debajo de las preposiciones.

A mí por lo menos me ha ocurrido así, y me sigue ocurriendo. Con cada relato es como si partiese de cero, y lo primero que me sale me parece una patata, por lo informe y lleno de tubérculos. Quizá la diferencia que va imponiendo el paso del tiempo es que ya no haces tanto caso a ese aspecto depresivo de ti mismo, que te vuelcas en tu necesidad de escribir, a riesgo de estar cultivando un campo de patatas amorfas y tuberculosas. Como un campesino aplicado, las plantas, las dejas crecer, las sacas, las limpias de tierra, las pelas, les quitas los ojos, las lavas, las cortas, bates los huevos y haces una tortilla. De una forma normal, cotidiana, sin muchos aspavientos, sin darles tanta importancia a tus defectos, al estado de ánimo, al clima, a los impedimentos, hasta al placer de oler la tortilla recién hecha… Es tu forma de vida, tu oficio, lo único que sabes hacer, bien, mal o regular.

No sé, hay que pasar a través de esos fantasmas (tampoco se trata de evitarlos o darles una patada; no se irán) y seguir escribiendo. Y esto que digo no tiene que ver con el nivel de escritura que uno tenga. El nivel no importa mucho. Lo que importa es el oficio, la dedicación, la presencia, el esfuerzo de levantarse por las mañanas, lavarse las legañas y salir al campo, al amanecer, llueva o hiele, a cultivarlo.

Isabel Cañelles

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