Hay quien piensa  que el manejo consciente de las técnicas narrativas ahoga la inspiración. Y es cierto que mientras uno escribe más vale que no ande pensando en el punto de vista del narrador o en las coordenadas espaciales del personaje. Mientras uno escribe ha de estar viviendo la narración en su mente, como si de una película se tratara, y transcribiendo en palabras lo que ve.

Ahora bien, no hay nada como la técnica para que un escritor en ciernes supere el bloqueo y se inicie en el campo abierto —demasiado abierto, al principio— de la literatura. No es lo mismo para un aprendiz escribir una historia cualquiera que construir un relato que transcurra en cinco minutos mientras el personaje espera una llamada telefónica. En el primer caso lo más posible es que el papel quede tan blanco después de una tarde frente a él que antes de ponerse a ello. Y, como ya se sabe, la peor de todas las historias posibles es la que no se escribe. En el segundo caso empezaremos a preguntarnos quién puede estar esperando la llamada telefónica, y por qué está tan nervioso, y cómo es posible que cinco minutos se hagan tan largos, y qué pretende su novia haciéndole sufrir de esa manera, y si finalmente le llamará, y… ya tenemos una historia en la que ensayar el tiempo narrativo y las retrospecciones.

Recuerdo la época en que empecé a escribir (en el taller literario de Enrique Páez) como una de las más divertidas de mi vida. Me sentía como una niña chapoteando en el barro. Un día me daba por practicar el diálogo, y de ahí surgía un cuento repleto de voces. En otra ocasión se trataba de jugar con los narradores sin que el lector lo percibiera, y me pasaba horas resoplando con la cámara al hombro de un sitio a otro. O si no, me daba por escribir un cuento decimonónico de terror imitando a Poe. O tenía que cruzar dos argumentos que no tenían nada que ver entre sí. El resultado solía ser lamentable, y sin embargo aprendí a manejar registros, a definir mi estilo, a elegir el punto de vista idóneo para cada posible historia y conocí a uno de mis personajes favoritos, el inexpugnable Dr. Carranza.

Después de tanto tiempo sigo viendo aquellos escritos, a pesar de que surgieran de la teoría literaria o del plagio —o precisamente por ello—, plenos de espontaneidad e imaginación. Surgían de la elección consciente de uno entre los miles de elementos del arcón de los juguetes, y eran muchísimo más frescos, desde luego, que cuando trataba de forjar las narraciones a raíz de mis ideas o de asuntos trascendentes.

Así aprendí, curiosamente gracias a la técnica, que la literatura no era esa cosa seria y con mayúsculas que auguraban los tratados, sino que se trataba de un juego. Un juego en el que (eso lo entendí después) me iba la vida.

Dicen que para decidir traer un niño al mundo hay que tener muchísima energía, pero aún más inconsciencia. Creo que para empezar a escribir literatura también. Y jugar con las técnicas narrativas es un buen comienzo.