Yo tenía un amigo. Chema Hernández. Falleció va a hacer ahora dos años. Chema empezó siendo mi alumno en un taller de escritura creativa allá por el año 2006 o así. No soy capaz de fijar la fecha. Hace tanto tiempo. Todo ha cambiado tanto. Digo que empezó como alumno, pero acabó siendo uno de mis amigos más queridos. Compartíamos nuestras vidas, nuestros escritos, nuestras lecturas. Nuestras pasiones.

El otro día quedé con su hija y hablamos de él. Mucho. Ambas teníamos la necesidad de contarnos. Ella porque, con la excusa de presentar un video basado en lo autobiográfico para su máster de audiovisuales, quería saber qué había heredado de la mirada literaria de su padre. Yo porque, de lo enfadada que estaba con su enfermedad y con los médicos y con él por morirse, no me había permitido ni esto de desahogo. Solo me permitía echarlo demasiado de menos.

Cómo escribía mi padre, tú que le conocías bien, me preguntó. Sabía que me iba a hacer esa pregunta, así que el día anterior había abierto la carpeta que tengo en el ordenador con todos sus relatos y que desde su muerte no había vuelto a tocar. Y también repasé algunos de los cientos de correos electrónicos que nos habíamos intercambiado a lo largo de estos años. Ahí estaba él, hablándome de nuevo. Pues tu padre era tan amante de las palabras bien dichas que, de tan bien dichas, se pasaba. Nos reímos las dos. Pero tuvo tanta humildad y confianza en mí, que durante este tiempo trabajó con empeño para que sus escritos se liberaran de lo superfluo y brillaran; limpiaba las palabras antes de escribirlas. Y tenía un pensamiento crítico envidiable, una lucidez extrema; era un vividor apasionado. Bueno, eso ya lo sabes tú, le dije a su hija. Y no creas, que yo también recurría a él para que leyera mis relatos y me diera su opinión. Muchas veces. Casi todas. Cuánto daría por volver a tener línea directa con él.

Era su erudición y su compromiso con la escritura, su pasión por la vida, por los libros, por sus hijos, por su mujer, por sus nietos (ay, sus nietos), por su Real Madrid, por su ajedrez, por su Asturias, por sus amigos, lo que me admiraba de Chema. Hablábamos muchas veces él de fútbol y yo de baloncesto, de lo simple y ciega, irracional, placentera, indiscutible, ilusionante e in extremis que es la pasión.

Pues esa mirada apasionada hacia lo suyo es lo que te conecta irremediablemente con él, algo así le dije a su hija. Aunque tú eres mucho más lista. Nos volvimos a reír. Y lo daba todo con los personajes de sus historias. Recuerdo que, cuando le revisé la primera parte de su novela, tuve que pelearme con él porque no quería reconocer que uno de sus personajes (la hermana del protagonista) le caía fatal, y la mirada que ponía el narrador sobre ella era sesgada y condicionaba sin duda al lector en contra de ella. Vaya si discutimos. Era cabezota. Pero humilde también.

Qué extraña es la muerte. Ahora estás y al instante ya no. Y ya nunca más.

Me quedé muy en paz contándole a su hija cuál era el Chema que yo conocía y que, llegamos a esta conclusión, era muy parecido al padre que ella había vivido. Me quedé en paz hablando de mi pena, compartiendo la suya, llorando un poco, riendo también.

Sus cenizas fluyeron río abajo en su Asturias del alma. Yo me quedé con sus palabras y con mis recuerdos. Y felizmente conectada con su hija, heredera ─aunque ella quizá no lo sepa aún del todo─ de la grandeza de su padre.

Clara Redondo

Escritora y profesora de RELEE