Amanece a destiempo en el pequeño apartamento de GOM Street*. Los lametazos de Enzo despiertan a Julia. Abrazada al último sueño, se levanta. Baja la escalera. Coge la correa. Cruza el umbral.

Junto a la puerta hay una bicicleta y dos esquís; en la calle, una capa de nieve de treinta centímetros. En la acera de enfrente una farola parpadea. Silencio en blanco y negro. Sobre la nieve, nada.

-El perro.

Se ha olvidado del perro. Vuelve a por él. Debería aprovechar para ponerse algo de abrigo. Y calzado. Pero nada más empujar la puerta, Enzo escapa corriendo. Julia se gira hacia él. Monta en la bicicleta. Quiere pedalear. Se hunde en la nieve. Se queda allí. Mirándole. Pasmada.

Enzo se ha detenido a olisquear la verja oxidada. Levanta la pata y mea. Va de acápara allá, ladrando, mordiendo la nieve, saltando sobre ella. Encuentra una pelota. La coge con los dientes. Se la lleva a Julia. Julia la lanza. El perro corre tras ella. La coge con los dientes. Levanta la pata y mea. Le lleva la pelota a Julia. Julia la lanza. El perro corre tras ella. La coge con los dientes. Levanta la pata y mea. Le lleva la pelota a Julia. Julia la lanza. Él de acápara allá, ladrando, mordiendo la nieve, saltando sobre ella como quien salta sobre una cama elástica. Se le hacen bolas de hielo en los pelos de la barriga.

Si Julia le pudiera ver desde arriba, parecería un saltamontes; desde abajo, un árbol de Navidad. Pero desde donde está, le ve simplemente como lo que es: un perro sin rabo.

– Maldito chucho.

Te ayudará a relajarte, le dijeron. Y sí y no. Porque la actitud de un perro sin rabo es muy desconcertante.

Debió quedarse en la cama. Coger los esquís en vez de la bicicleta. Elegir un perro con rabo o nada. Pero Julia siempre yerra en sus decisiones.

– Y a quién le importa.

Cuando Enzo vuelve, Julia le mira, le busca el rabo. Siempre lo hace. Pero esta vez el perro trae algo en la boca que no es la pelota y que enseguida desvía su atención. Parece un libro. O un bote. O un libro que es un bote: un manual de autoayuda. Julia lo coge. Lo ojea. Se promete no pasar de la portada. Se traiciona. Enrolla el libro que es un bote que es un libro. Tira de anilla. Pchssss…Se bebe las primeras páginas.

La única persona que nunca se equivoca es aquella que nunca hace nada. El néctar que contiene la estimula, la espabila. Lo que cargas te pesa; lo que pesa, te hunde. Le ayuda a levitar. La acción más pequeña es mejor que la intención más grande. A levitar más alto cuanto más bebe. Un viaje de mil millas comienza por el primer paso. Ya empieza a ver la nieve bajo sus pies, la bicicleta, la farola que parpadea. Un trago más. Sólo un trago. El primer paso no te lleva donde quieres ir, pero te saca de donde estás. Euforia.

La mierda inspiradora que contiene el libro que es un bote que es un libro le da alas. La rescata del frío. De la bicicleta atrapada en la nieve. De la nieve. Del perro rabón.

– El perro.

Se ha olvidado del perro. Le busca. Ahora le puede ver desde arriba. Ir de acá para allá. Ladrando. Mordiendo la nieve. Saltando. Pequeño como un saltamontes pequeño. Perdido como un escudero sin amo.

Un hormigueo entumece el cuerpo de Julia. Las piernas. El torso. Los brazos. Las manos. Pierde el libro, el bote, que cae boca abajo derramando su jugo, las páginas dobladas, abierto en dos.

– Tranquila –se repite–, tranquila.

Enzo corre a por él. Le clava los dientes. Levanta la pata y mea. Se lo da a Julia, que extiende su mano. Y mira al perro, por primera vez, sin buscarle el rabo.


GOM: acrónimo de God’s Own Medicine, ‘la propia medicina de Dios’, nombre que se le da al opio.

 

Laura Rodríguez Galindo

Alumna de los talleres de escritura de Relee