Hay veces que el estudiante, cuando ya está en la fase en que tiene integrado que ha de narrar en concreto, tiene argumentos, tramas y personajes interesantísimos, pero los expone de una forma demasiado hermética o encriptada, como si fiase demasiado a que el lector sea capaz, al final, de encajar todas las piezas. Como si el objetivo último del relato fuese —como en la novela negra— saber quién es el asesino (es decir, cuál es la situación que ha provocado el conflicto). Pero sucede que por debajo de eso se está evadiendo de profundizar en el tema. Su implicación y atención como autor se limita a una reconstrucción de las piezas que al principio aparecen ocultas o desperdigadas, y se evade, así, de tocar la herida en carne viva a la que ha de apuntar toda narración que se precie.

Quizá en ese momento, en vez de darle vueltas sin fin al problema de cómo encontrar un equilibrio entre dar demasiada información o dar demasiado poca, lo que debería hacer es tratar de centrar más su atención en la brecha de la realidad en la que quiere excavar, en la herida que ha de quedar al aire en el clímax. Eso quizá le permita llegar al equilibrio que busca. No se trata, pues, de encajar una serie de piezas hasta conformar un puzzle; se trata de que la figura del puzzle cobre vida y nos dé un bofetón. Luego, una vez escrito el relato, ya se podrá distribuir la información con más eficacia, podrán camuflarse algunos indicios y destacarse otros, pero siempre con la mira puesta en que el momento del clímax sea una explosión de sentido, y no un encaje de bolillos.

Si uno está más pendiente de que todas las piezas encajen al final de un relato que de transmitir algo importante (urgente, IMPRESCINDIBLE: la humanidad entera está esperando que le transmitas eso, tienes que lograrlo), entonces lo más posible es que se escape la esencia significativa.

Al principio no logramos que el tema se vea porque lo que hacemos es explicarlo directamente, en abstracto. Luego, cuando ya sabemos narrar en concreto, nos centramos demasiado en las acciones y en que encajen unas con otras y se nos olvida lo que queríamos contar. El siguiente paso es el de volver a dar importancia al tema y, como ya se tiene asimilado que hay que narrar en concreto, las acciones que se nos ocurran tenderán a encajar con el tema de forma natural.

Si el tema no se ve constantemente en un relato es porque no se le está dando la importancia debida (y constante) a lo que se quiere transmitir. No se trata de forzar nada. Se trata de tenerlo en cuenta (¿estoy hablando del miedo o del amor, de la ausencia o de la pérdida?), y solo el hecho de tenerlo en cuenta hará que cada línea que nos surja tenga una relación directa con eso.

Yo, cuando escribo un relato, no tengo en la cabeza el tema como un concepto determinado (amor, pérdida, etc.), es como una noción, una fuerte impresión, algo que es lo que me mueve a escribir eso (y no otros miles de historias posibles) y que la misma escritura me ayuda a desvelar (nos damos mucha información mientras escribimos, pero a veces no nos damos espacio ni tiempo para procesarla); pero tengo claro que eso es lo esencial y que todo ha de apuntar ahí, por más que a lo mejor no sepa definirlo con una palabra o con una frase. A la hora de enseñar, no obstante, no me queda más remedio que usar conceptos, aunque el objetivo es que el estudiante alcance la experiencia directa, que es poco conceptual y difícil de expresar con palabras.

No se trata tanto, pues, de dejar de hacer una cosa (por ejemplo, encajar las acciones) para hacer otra (prestar atención al tema), sino más bien de ampliar la mirada. Sería como pasar de estar en una habitación a oscuras enfocando con una linterna aquí o allá y tratando de hacernos una composición de lugar a través de elementos aislados, a de pronto encender la luz de la habitación para que todo eso se integre. Es decir, la percepción vívida del tema no excluye el encaje de las piezas, sino que lo favorece.

Isabel Cañelles

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