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DAVID BOWIE RELEE2

El héroe que vendió mi mundo

Me he enterado de la muerte de David Bowie mientras conducía, escuchando Radio 3. Al menos es el mejor lugar para enterarte de esta noticia. No ha hecho falta que lo dijeran; Marc Ros, miembro del grupo Sidonie, estaba contando lo que para él había sido Bowie, y ha bastado.

Me he enterado de la muerte de David Bowie mientras conducía, escuchando Radio 3. Al menos es el mejor lugar para enterarte de esta noticia. No ha hecho falta que lo dijeran; Marc Ros, miembro del grupo Sidonie, estaba contando lo que para él había sido Bowie, y ha bastado. Estaba entrando a una rotonda, y no me he dado cuenta de que la había dejado atrás hasta encontrarme con la siguiente. El tiempo necesario para que mi cerebro empezara a repartir tristeza en todas direcciones. No he pensado eso de “No puede ser verdad” (me cuesta mucho imaginar que cuando me digan que se ha muerto alguien lo vaya a poner en duda). Algo físico, violento, se me ha paseado por medio cuerpo, desde la base de la espalda a las manos. Entonces, supongo, el coche habrá hecho un extraño, yo me habré dado cuenta de que sí, estaba conduciendo, y habré agarrado el volante con todas mis fuerzas para no salirme de la carretera.

Hasta a mí me ha sorprendido un poco mi reacción. Porque Bowie no es —ni ha sido un héroe musical para mí. Ha sido otra cosa. Algo más, aunque no lo supe hasta casi veinte años después.

El día que escuché por primera vez —con quince años—una de sus canciones, Space oddity, lo convertí en mi adversario. Bowie encarnaba todo lo que no debía ser yo, todo aquello de lo que me habían advertido para que huyera. No tenía que llegar tarde a casa. No tenía que probar las drogas. Ni practicar el sexo con un hombre, ni con más de una persona en la misma habitación. No tenía que ser ambiguo, ni poner los cuernos, ni emborracharme. Ni siquiera ponerme un pendiente. Una amiga de clase, una tarde en un aula de música en segundo de BUP, al terminar la canción, me contó algunas “batallitas” de su ídolo. Cuadraban con la imagen que tenía de él: Bowie hacía todo eso. Recuerdo que no sabía muy bien qué decirle. Me hubiese gustado hacer con aquella chica de piel tan blanca, pecas, de pelo corto y moreno, ojos verdes y nariz excesiva, todo lo que Bowie hubiese hecho con cualquiera de sus amantes, y, sin embargo, al final simplemente abrí la boca para decir: “Las personas así acaban mal”.

A partir de ese día, escuché sus canciones con recelo y me decía a mi mismo que no me gustaban. Era un mantra para quedarme tranquilo, seguir pensando que nada de lo que tuviera que ver con él iba a quedarse en mí, tal y como sí había ocurrido con aquella compañera de clase que me gustaba (y con la que perdí cualquier posibilidad después de mi numerito). Era una mentira más, sobre todo, a mí mismo. Por aquella época mentía a diario, varias veces. Supongo que para salvaguardarme, para que los demás —me refiero a mi familia, a mi novia de aquel entonces, a su familia— no descubrieran quién quería ser en realidad. Pensaba que si lo sabían, estaba perdido. Este comportamiento me parece ahora una completa castración. Imagínate a una persona que cuando cumple dos años le colocan una armadura de acero adaptada a su tamaño, y que tenga que crecer con esa armadura infantil hasta el final de sus días.

A un enemigo no se le da ni agua, dicen, pero yo, a escondidas, le dejaba a Bowie vasos llenos. Eso sí, dudando en si había hecho bien. Porque convivía con esa dualidad: había un “bien” y un “mal”. A todas horas esos dos carteles luminosos encendidos (ríete de los de Las Vegas).

Un día, al poco de cumplir los treinta y uno, desenchufé el cable que alimentaba esos carteles. Unos meses antes me había comprado el primer CD: Heroes, y al poco vinieron Low, Ziggy Stardust, Let’s dance, y sus grandes éxitos. Fue tras ver en vídeo el concierto que dio en Berlín, a principios del siglo XX (he leído por ahí que el siglo XX, con la muerte de Bowie, ha llegado a su fin). Recuerdo los momentos previos a que sonara “Heroes” sobre el escenario. El buen humor, su elegancia, su sonrisa, el flequillo, su sensualidad a la hora de morderse el labio inferior o de chasquear los dedos (quién no encontraría irresistible hacer el amor con alguien que chasquee los dedos de esa manera).

David Bowie acaba de morir, y mi tristeza está proporcionalmente relacionada al tiempo que lo consideré un adversario. Porque ese tiempo me desangré por caminos que me alejaban de mí. Puede que todo lo que viví en aquella época no haya sido en balde. Me lo dijo una amiga hace poco: cada uno aprendemos a una velocidad distinta. Pero es fácil no arrepentirse de lo que has hecho, cuando, a veces, es más saludable admitir que no arrepentirse es lo mismo que aceptar la desgracia como algo eterno.

Deseaba tener mi propia vida y aquel deseo se hubiese culminado de otra manera si mi vida hubiera tenido que ver con la actitud de Bowie respecto a la suya. Con dieciséis años era consciente de que lo que estaba viviendo era el montaje que otros esperaban de mí, y me costó casi dieciséis años más para reunir fuerzas y dejar de hacerlo. Por eso, cuando me he enterado de la muerte de Bowie —y durante un momento he conducido mi coche como en piloto automático— he sentido la tristeza más fría que haya sentido nunca por la muerte de alguien a quien no conozco personalmente. David Bowie fue el héroe que vendió mi vida, la que no quería. Para mí sigue siendo joven y sensual, lleno de rabia. El Duque Blanco. Más vivo que tú y que yo.*

* Texto escrito por Blanca Riestra en su muro de Facebook el 11 de enero de 2016.

Kike Parra
Escritor y profesor de RELEE

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