Hay una campana en la catedral de Granada que fue condenada a cien años y un día de silencio por matar a un campanero. Se le hizo un juicio con todas las de la ley, y tuvo que cumplir íntegramente la sentencia, por lo que se supone que la campana habrá tenido tiempo para arrepentirse. Un libro publicado podría ser como una campana, no porque sea capaz de matar a una persona, sino porque también podría hacérsele un juicio y emitir un veredicto por el que se viera obligado a callar durante un siglo y un día. Sin embargo pasa al revés. Pocos son los que se atreven a decir que no publican después de lo que cuesta que te den el sí en una editorial.

Si un libro estuviese callado tantos años como esa campana granadina, seguramente no abriría la boca una vez transcurrida la pena. Yo me imagino a la campana, pendida en lo alto del campanario, escuchando todos los días el tañido de sus hermanas, sintiéndose relegada, nerviosa por no poder emitir un sonido, rabiosa por tener que convivir con especímenes iguales a ella a los que sí se les deja hacer ruido. Pero me cuesta más imaginarme la cara que pondría el libro silenciado. Quién querrá saber de novelas con el boom inmobiliario y muchos televisores 4K dentro de cien años. De ciudades en las que esta empezando a funcionar la red de bicicletas municipales. Hay que hablar del 4k ya, ahora, subirse a la bicicleta lo más pronto posible. Los autores tienen esperanza de que se les publique la obra antes de que se le pase el arroz. Me cuesta imaginar al impaciente escritor/escritora asumiendo el silencio.

Últimamente he leído bastantes frases parecidas a esta: “Es mejor que el escritor se calle si no tiene algo interesante que decir”. Actualmente, publicar es una tarea complicada pero no más que encontrar un buen trabajo, que fiarte de las personas que no te miran a los ojos cuando les hablas o salir una noche de marcha y encontrar un buen pub donde no pongan música comercial. Hablar es más fácil que callar, y más que escribir. Me parece incompleto citar la responsabilidad de quien escribe y olvidarnos de lo que puede aportar el lector a este asunto. No hay libro leído sin lector. Es una obviedad tan abrumadora que me resulta extraño que no se recuerde. El lector siempre tiene la razón, como el cliente. A los libros se les somete a juicio cada vez que alguien los abre y comienza a leer. Cuando alguien, desde su púlpito, lanza una frase para que se silencien los libros que a él o ella no le gustan, seguramente creerá que el mundo se vuelve más inteligente, más culto. Pero yo tengo grandes dudas de que sea así, más allá de lo que esto pueda repercutir en el cuidado de los bosques y ríos de nuestro planeta.

Las frases como la que aparece entrecomillada en el párrafo anterior son un buen eslogan de partido político por el que algunos se sienten atraídos y se suman, además de albergar una ley de pureza realmente atractiva. Sin embargo no me imagino a un autor escribiendo un texto que no le resulte interesante, de entrada, a él mismo como individuo. ¿De verdad creemos que  pensará que la idea que está desarrollando “no es interesante” y, aún así, seguirá con la intención de que sea publicado en una editorial? Porque no hay que olvidarse de que existen los editores, que también tienen criterio, dos palabras —sí y no— y decisión.

Kike Parra

Escritor y profesor de RELEE