Me puedo imaginar a los padres de Elvira Sastre sorprendidos aún por lo que ha ocurrido tras el premio concedido a su hija. Es comprensible que un padre y una madre, con una poeta en casa, sueñen con ese día en el que le reconocen lo que hace. No todos los tipos de familia comprenden que una hija dedique tantas horas a leer libros, que se encierre en su habitación y, al asomarse a la calle, sienta ganas de escribir versos a las ramas del árbol que ve desde su ventana o a los caminantes anónimos que pisan las aceras mojadas por la lluvia. Pocas —sigo refiriéndome a familias— resumirían su intervención paterno-filial con un “Si quieres ser escritora, sé escritora, no hará falta que estudies una carrera. Con eso ya te vas a ganar la vida”. Me cuesta muy poco imaginar lo felices y orgullosos que se sentirán al ver la tarta de felicitación que le han concedido a una de los suyos.

Y qué mejor escenario: Seix Barral, 30.000 euros, un jurado compuesto por Pere Gimferrer, Rosa Montero, Agustín Fernández Mallo, Lola Larumbe y Elena Ramírez.

Y qué mejores guindas que estas: Elena Ramírez, ha destacado sobre Días sin ti que se trata de “una indagación sobre el sentido del amor desde la perspectiva de quien está descubriendo la vida escrita con un inocente encanto“. Pere Gimferrer dice que “no cuenta un argumento sino que trata de un tema y lo sustenta con la palabra poética”. Rosa Montero la define como toda “una potencia literaria tremenda que late ya en este libro“, con una “escritura absolutamente reconocible, además de su gran nivel“. Para Agustín Fernández Mallo, maneja “la sentimentalidad a través de las generaciones y lo hace de un modo óptimo“, además “con unos hallazgos muy importantes para una persona de su juventud“.

Aunque no me llevase ningún premio ya me gustaría a mí escribir algo que recibiera tales elogios de Fernández Mallo o Montero. Pero puestos a crear escenarios, no me imagino a ninguno de los dos autores, tras haber leído Días sin ti, pensando algo parecido a “Esta es la novela que me gustaría escribir”.

El listado de sorprendidos por este premio no termina aquí. Pero de quienes nos postulamos en el lado opuesto. Quienes pensamos que la literatura será aquello que nos pone ante lo que no comprendemos, no ante lo dicho y escuchado tantas veces (la literatura puede ser sencilla, pero no simple). Los mismos que nos preguntamos qué ha pasado para que un reducto en el que creíamos que estaba a salvo cierto tipo de literatura se haya decidido abrazar a la creación literaria cursi y vacía de profundidad. ¿O es que tenemos que olvidar que el Biblioteca Breve es un premio que ya han recogido autores como Jorge Volpi, Elvira Lindo,  Javier Calvo, Elena Poniatowska, Juan Bonilla, Rosa Regás, Fernando Aramburu, Clara Usón, Ricardo Menéndez Salmón o el propio Agustín Fernández Mallo?

No me olvido de una tercera cuestión que también está en el aire, para algunos la típica pataleta de perdedores o de outsiders, pero que he escuchado o leído o dicho en varias ocasiones, muchas, estas últimas semanas: ¿Por qué un jurado compuesto por escritores, críticos y lectores del calibre que tiene el jurado de esta edición del Premio Biblioteca Breve, ha apostado por Días sin ti?

Silencio.

Elvira Sastre no tiene responsabilidad alguna, en tanto que la autora ha escrito la mejor novela que ha podido escribir. No tengo ninguna duda. Ha escrito el libro que quería. El tipo de obra esperada por una parte de la industria editorial y por un buen número de lectores. Un libro que, además, comprarán y disfrutarán esos miles de seguidores. El resto seguiremos sin comprar ni disfrutar Días sin ti. Como hasta ahora lo hacíamos ante este tipo de lecturas, a las que, con muy buen tino, ha llamado “literatura de aficionado” el escritor Juan Marqués en su reseña para El Mundo sobre la novela de Sastre.

No es que quiera levantar una frontera para que se enfrenten dos bandos. La realidad es la que es. En los institutos de secundaria, en ciertos canales de Youtube, en ciertos “Spoken Word” y “Micros abiertos”, en ciertos blogs “para que te lean”, se leen y funcionan textos con contenidos similares a Días sin ti. En muchas ocasiones ni siquiera llegan a su nivel. El año pasado me planté en uno de los institutos de mi ciudad para contactar con la responsable del departamento de literatura. Mi intención era que conociese mis libros, por si pudieran ser interesantes como lectura recomendada a los alumnos. Me dijo que aunque le gustasen mis relatos prefería programar encuentros con otros escritores con los que se llenase el salón de actos con quinientos alumnos, porque lo conocen de las redes sociales. Sí, también existen los profesores que prefieren ese tipo de literatura y, como apuntó el crítico Nadal Suau en su reseña a Días sin ti para El Cultural, con obras que no dejan espacio ni a la lectura ni a la escritura porque no se encuentran caminos para dialogar con ellas. Son las mismas voces de las que escucho decir que esa es una manera de hacer que los chavales lean y se interesen por la literatura. Esa parte es cierta, y estoy de acuerdo. Pero me parece que también hay un asunto cosido a esa intención divulgadora cuando, desde ciertas posiciones consideradas “serias” (editoriales, institutos, críticos…), se confunden a los lectores más jóvenes —y a veces no tan principiantes—al decirles que eso es literatura, que eso está bien, que todo vale.

Ellos son más cada vez. Quienes no entendemos el fallo de este premio literario, ni este momento que está viviendo la literatura, menos. Mi anterior coche tuvo una fisura en la junta de la culata. La junta de la culata suena a señora con collares y una O en la boca a todas horas, pero lo que en verdad sucede es que se mezclan el agua y el aceite del motor, y que el motor, a la postre, deja de funcionar. La literatura, la buena —hay una buena y otra mediocre y otra pésima—, es el motor de algo, no de un coche, claro, pero un motor al que se le está provocando una fisura en la junta de la culata.

Antes había un espacio donde las editoriales “serias” apostaban por la literatura importante, y muchos lectores nos seguíamos fiando de ellas. No nos hemos caído del guindo con esta última maniobra, pero sí que ha dolido más. Siempre duele más que se te lleven los reductos que te quedan, por el hecho de que van quedando menos. La buena noticia es que existen otros continentes de menor tamaño. Las editoriales independientes. Que han asumido el papel que, por lo visto, están desdeñando las de “toda la vida”. Porque lo que está en juego no es dónde crecen y se reproducen las preferencias literarias. Cada cual las disfruta a su manera. Lo que se está es liquidando los espacios donde unos muchos nos sentíamos seguros.

Me imagino a los padres de Elvira Sastre sorprendidos por algunas críticas negativas que ha recibido el libro de su hija. Posee unos avales con los que pocas veces una escritora o escritor hubiese pensado en serio que fuese a recibir. Yo mismo. Sí, tú, el que ha escrito este artículo, ¿a ti te van a dar alguna vez el Biblioteca Breve? ¿Vas a tener 30.000 euros? ¿Tienes 30.000 seguidores? ¿Te ha felicitado por lo que has escrito alguno de los miembros de ese jurado? ¿Te leen en los institutos?